
Muchas ciudades del mundo llevan nombres cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos, pero pocas pueden presumir de una historia tan rica y documentada detrás de su nombre como Zaragoza. El nombre actual de la capital de Aragón no es solo una palabra en el mapa, sino un auténtico artefacto lingüístico que ha sobrevivido a través de épocas y civilizaciones. En él confluyen la herencia de las tribus íberas, la grandeza del Imperio Romano, el refinamiento del mundo árabe y la tenacidad de los reinos cristianos. Seguir el recorrido desde el antiguo asentamiento hasta la metrópolis moderna es embarcarse en un fascinante viaje a través del tiempo.
De César Augusto: el legado romano en el nombre de la ciudad
La historia comienza mucho antes de la llegada de las legiones. A orillas del río Ebro, donde hoy se extiende Zaragoza, prosperaba un asentamiento íbero llamado Salduie. Era un importante centro local, pero su destino cambió radicalmente con la conquista romana. En el año 14 a.C., los romanos fundaron allí una nueva colonia destinada a convertirse en uno de los principales bastiones del imperio en la península ibérica. Como muestra de aprecio y en honor a su fundador, el emperador Octavio Augusto, la ciudad recibió un nombre ilustre: Caesaraugusta.
No fue simplemente un cambio de nombre. Otorgar el nombre del emperador confería a la ciudad un estatus y privilegios especiales. Caesaraugusta pronto se transformó en un próspero centro con monumentales edificaciones: foro, puerto fluvial, termas públicas y un impresionante teatro, cuyas ruinas aún hoy asombran a los turistas. El nombre latino se incorporó firmemente al uso diario, convirtiéndose en el punto de partida para todas las transformaciones posteriores.
Saraqusta: huella árabe y la «Ciudad Blanca»
Con la caída del Imperio romano y la posterior invasión musulmana en el siglo VIII, comenzó una nueva era para la ciudad. Como era habitual, los conquistadores no inventaron un nombre completamente nuevo, sino que adaptaron el ya existente a la fonética árabe. Así, Caesaraugusta se convirtió en Saraqusta (Saraqusta). Bajo dominio musulmán, la ciudad alcanzó un florecimiento extraordinario y llegó a ser la capital del emirato independiente — la taifa de Zaragoza.
Este periodo dejó una huella profunda en la cultura y la arquitectura. Saraqusta era famosa por sus potentes murallas defensivas, el lujoso palacio de la Aljafería —que sigue siendo una joya de la arquitectura islámica en España— y fue hogar de destacados sabios, poetas y filósofos. En algunas crónicas árabes, la ciudad también aparece como Medina Albayda, que se traduce como «Ciudad Blanca». Probablemente este apodo se relacionase con la abundancia de edificios construidos en piedra clara, que brillaban bajo el intenso sol aragonés.
El camino hacia la modernidad a través de la Reconquista
En 1118, la historia dio un nuevo giro: las tropas del rey aragonés Alfonso I el Batallador recuperaron la ciudad de manos musulmanas, devolviéndola al seno del mundo cristiano. Este acontecimiento marcó un momento clave en la Reconquista y el inicio de una nueva etapa para la ciudad, que se convirtió en la capital del poderoso Reino de Aragón. Con la llegada de los cristianos, el nombre volvió a cambiar, adaptándose a la lengua romance.
El nombre árabe «Saraqusta» fue transformándose poco a poco en «Saragoça» y, más tarde, con el paso del tiempo y los cambios en las normas ortográficas, adoptó su forma actual: Zaragoza. La ciudad lleva este nombre con orgullo desde hace siglos, recordando su pasado glorioso. Es símbolo de resiliencia, especialmente evidente durante los célebres asedios de las guerras napoleónicas a comienzos del siglo XIX, cuando los habitantes resistieron heroicamente a las tropas francesas. Así, cada uno de los nombres de la ciudad — Salduba, Caesaraugusta, Saraqusta y, finalmente, Zaragoza — no es solo un simple cambio de denominación, sino el reflejo de toda una época en su historia milenaria.












