
En pleno corazón de la sierra de Cádiz se encuentra uno de los pueblos más sorprendentes de España: Setenil de las Bodegas. Este municipio, incluido en la famosa Ruta de los Pueblos Blancos, atrae a los viajeros por su arquitectura singular: sus casas están literalmente incrustadas en la roca y las calles se cubren con bóvedas de piedra creadas por la propia naturaleza.
El singular paisaje urbano de Setenil se formó alrededor de un desfiladero excavado por el río Trejo. Durante siglos, los habitantes no construyeron casas sobre las rocas, sino que las utilizaron como techos y muros naturales. Así surgieron las llamadas casas-cueva. Los ejemplos más conocidos de esta arquitectura son las calles Cuevas del Sol y Cuevas de la Sombra. En la primera siempre luce el sol, mientras que la segunda permanece prácticamente todo el año a la sombra, lo que genera un microclima agradable incluso en los días más calurosos del verano.
El nombre de la localidad refleja su rica historia. La palabra “Setenil” proviene de la frase latina “septem nihil” (“siete veces nada”), que, según la leyenda, simboliza los siete asedios fallidos que sufrió el pueblo antes de ser conquistado finalmente por los Reyes Católicos en 1484. La segunda parte del nombre, “de las Bodegas”, fue añadida más tarde y hace referencia a la floreciente producción vitivinícola de la zona, ya que las cuevas excavadas en la roca servían como bodegas ideales.
Además de su singular diseño urbano, Setenil de las Bodegas posee un notable patrimonio histórico. Sobre la ciudad se alza una fortaleza árabe del siglo XII, de la cual se conserva la torre principal (Torre del Homenaje), que hoy sirve como un magnífico mirador. Entre los edificios religiosos destaca la Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación (Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación), construida en estilo gótico-mudéjar. También resultan de interés las antiguas ermitas, el edificio del antiguo ayuntamiento y la cisterna de agua de origen árabe (Aljibe árabe).
Una visita a Setenil no estaría completa sin descubrir su gastronomía local. En los numerosos bares y restaurantes situados justo bajo las rocas, se pueden degustar platos tradicionales de la región. Son especialmente populares los chorizos al vino, los embutidos artesanales y los dulces locales, como los cortadillos. Almorzar o cenar en un lugar tan inusual deja recuerdos inolvidables y permite experimentar plenamente la atmósfera de esta ciudad mágica.












