
En las afueras de Barcelona, en Lliçà d’Amunt, la policía detuvo al encargado de un local de comida rápida. Se le acusa de haber retenido durante ocho meses a un migrante en situación irregular, obligándolo a trabajar 13 horas diarias sin salario, sin días libres y sin condiciones mínimas de vida. El hombre vivía en un almacén del establecimiento, donde el alojamiento consistía en colchones sucios, ropa vieja y humedad constante. No podía salir al exterior: las puertas se cerraban por fuera durante la noche y el dueño se quedaba con las llaves.
El migrante liberado relató que, por la más mínima falta, era golpeado, humillado y amenazado. El propietario le advertía que, si intentaba escapar, sería arrestado de inmediato y que podía olvidarse de regularizar su situación. Además, el empleador no dudaba en recordarle que “ni las ratas se acercarían a este lugar, de tan malo que es todo”. Pedir ropa de abrigo era inútil: “No te vas a morir de frío”, le soltaba el dueño.
Una vida en cautiverio
Durante todo ese tiempo, el hombre no salió del local. Trabajaba sin contrato, sin seguro y sin la más mínima garantía. Lo único que recibía eran restos de comida y una cama en una habitación sucia. Las necesidades básicas eran ignoradas: sin descanso, sin espacio propio, sin posibilidad de salir al exterior. Cada día se volvía una prueba, donde el miedo y la impotencia eran sus únicos compañeros.
En un momento dado, el propietario incluso exigió 10.000 euros a cambio de la promesa de formalizar un contrato y ayudar con la legalización. Para alguien que no recibe ni un céntimo, esa suma suena a burla. Pero la víctima no tenía elección: obedecer o quedarse sin techo ni comida.
Explotación y amenazas
El dueño del establecimiento no se limitaba a ejercer presión física y psicológica. Le recordaba constantemente al migrante que no tenía papeles, y que si salía por la puerta, lo detendrían de inmediato. Esto convertía el trabajo en una verdadera trampa: el miedo a ser deportado o arrestado hacía imposible siquiera pensar en escapar.
Lo que estaba ocurriendo iba mucho más allá de simples infracciones laborales. Esto ya no era solo explotación, sino una auténtica privación de libertad. La persona quedó en una situación en la que su vida dependía totalmente de la voluntad de otro, y cualquier intento de cambiar las cosas podía derivar en consecuencias aún peores.
Presión psicológica
La presión psicológica era constante. Cualquier petición, como pedir ropa de abrigo o un breve descanso, era respondida con burlas o amenazas. “Ni las ratas se atreverían a tocarte”, decía el dueño, subrayando lo desprotegido que consideraba a su trabajador. En esos momentos queda claro: no solo se trata de una violación de la ley, sino de una absoluta falta de humanidad.
La víctima confesó que era consciente de la ilegalidad de lo que ocurría, pero no veía otra salida. Sin documentos, sin dinero ni apoyo, se vio obligado a aceptar cualquier condición para no quedarse en la calle y no morir de hambre.
Ayuda y consecuencias
Tras ser liberado, el hombre fue puesto bajo el cuidado de los servicios sociales. Se le ofreció alojamiento temporal y la asistencia prevista por la ley para estos casos. Ahora, el propietario del establecimiento espera la decisión judicial y, según todo indica, se enfrenta a un castigo severo.
Esta historia no es solo otro caso de explotación laboral. Demuestra cuán vulnerables son las personas que se encuentran en un país extranjero sin documentación ni apoyo. Y lo fácil que es convertir el miedo y la dependencia en instrumentos de abuso. En estas situaciones, es fundamental que la sociedad no permanezca indiferente y que las autoridades actúen con rapidez y determinación.











