
En Lanzarote, el viento no cesa ni un minuto, como recordando que todo lo que llega a la isla proviene de lejos. Aquí el viento trae la arena del Sahara y también llegan embarcaciones con migrantes, entre ellos adolescentes que no han cumplido ni diecisiete años. Entre ellos hay chicas que han cruzado África solas, enfrentándose a la violencia y la pobreza, obligadas a madurar demasiado pronto.
Los datos oficiales son alarmantes: 785 menores migrantes bajo tutela han sido reportados como desaparecidos en las Islas Canarias. Nadie sabe dónde están, si siguen vivos o si regresaron por vías no oficiales. Detrás de muchas de estas fugas no hay solo el deseo de buscar otro destino, sino algo mucho más peligroso. Así, durante la operación “Tritón”, se descubrió que trece chicas, reclutadas directamente en el centro de menores de Arrecife, fueron trasladadas a Francia y sometidas a explotación sexual.
Los eslabones débiles del sistema
El sistema de tutela en Canarias está saturado y fragmentado. Faltan recursos, personal y herramientas técnicas para poder controlar a todos los menores. Las fugas ocurren regularmente, especialmente entre las chicas, que se marchan en silencio, sin pedir ayuda ni generar conflictos. La Policía Nacional señala que detrás de las desapariciones hay grupos bien organizados, con experiencia y capacidad logística para trasladar a los menores a otros países, donde son víctimas de explotación.
Las autoridades sostienen que muchas desapariciones son fugas voluntarias o intentos de continuar la migración hacia otros países europeos. Sin embargo, la realidad es mucho más sombría: una parte significativa de los menores desaparecidos podría terminar en manos de redes criminales. El antiguo edificio del centro Casa del Mar en Arrecife, ahora abandonado, se ha convertido en símbolo de la vulnerabilidad de todo el sistema. Los centros para menores son pequeños y están dispersos por las islas, lo que dificulta el control y el acompañamiento de los niños.
Crisis de infraestructuras
La reducción de plazas y el cierre de instituciones por su deterioro no ha hecho más que agravar la situación. Los responsables de bienestar social reconocen que el problema es complejo y que las estadísticas no siempre reflejan la realidad. Los procesos institucionales avanzan despacio, mientras que las redes criminales actúan con rapidez y coordinación.
Como resultado, Canarias se ha convertido en el epicentro de una crisis humanitaria y social. Menores migrantes desaparecen y se convierten en víctimas de explotación, mientras que el sistema de protección no logra responder a los desafíos. Las estructuras criminales aprovechan las debilidades de la infraestructura para actuar casi con total impunidad.
Desapariciones silenciosas
Preocupa especialmente que la mayoría de las desapariciones ocurren sin hacer ruido. Las chicas que han sufrido agresiones o amenazas suelen evitar pedir ayuda por miedo a las consecuencias, lo que las hace especialmente vulnerables ante los captadores. Al mismo tiempo, la falta de información y transparencia impide a la sociedad comprender la magnitud de la tragedia.
Mientras unos centros cierran y otros apenas pueden hacer frente al aumento de menores a su cargo, las redes criminales siguen aprovechando la vulnerabilidad de los menores. Las autoridades admiten que, sin recursos adicionales y reformas, el sistema no podrá proteger a los niños de desapariciones y situaciones de explotación.
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