
En Madrid, alguna vez se alzó la prisión de Carabanchel, la mayor institución penitenciaria construida durante la dictadura de Franco. Hoy en día solo la recuerdan los testimonios de exreclusos e investigadores, ya que el edificio fue demolido en 2008 y los archivos se perdieron o fueron destruidos.
El historiador y arqueólogo Luis A. Ruiz Casero ha dedicado una nueva investigación al destino de Carabanchel, siguiendo su historia desde su construcción con trabajo forzado de reclusos hasta su completa desaparición del mapa de la ciudad. Su trabajo se basa en los testimonios de antiguos presos, vecinos y empleados, así como en una amplia reconstrucción de los hechos, a pesar de la ausencia de documentos oficiales.
La cárcel de Carabanchel fue concebida en la década de 1940 como una herramienta de control y represión. El proyecto arquitectónico, diseñado en estilo panóptico, ya se consideraba obsoleto en Europa, pero fue elegido por las autoridades españolas por su simbolismo y monumentalidad. La construcción fue realizada por los propios prisioneros, muchos de ellos opositores políticos al régimen. Cada día, cientos de personas trabajaban en condiciones extremas, enfrentándose al hambre, enfermedades y muertes.
En los primeros años de existencia, Carabanchel se convirtió en uno de los centros de represión. Entre 1944 y 1953 se registraron aquí numerosas ejecuciones y actos de violencia. La mayoría de los reclusos eran opositores políticos: comunistas, socialistas, anarquistas y partidarios de la independencia de varias regiones. La prisión no solo aislaba, sino que también servía como instrumento de castigo y de represión de la disidencia.
Con el tiempo, Carabanchel se transformó en una especie de escuela de solidaridad política. En su interior se formaron comunidades que se apoyaban mutuamente y mantenían vínculos con el mundo exterior. Las mujeres, familiares de los presos, jugaron un papel fundamental en la organización de la ayuda, la transmisión de información y el apoyo a los internos. Su participación se convirtió en un elemento clave en la lucha por los derechos de los presos.
En la década de 1970, en el contexto de cambios democráticos, se intensificaron las protestas y motines en la prisión. Destaca el levantamiento de 1977, cuando los reclusos tomaron el control de parte del recinto, exigiendo mejores condiciones y reformas. Estos hechos atrajeron la atención pública sobre los problemas del sistema penitenciario y se convirtieron en un hito importante en la historia de la lucha por los derechos de los presos.
Sin embargo, con la llegada de la democracia, Carabanchel no se cerró de inmediato. La prisión siguió funcionando hasta 1998 y, en las últimas décadas, sus muros fueron testigos de nuevos problemas: proliferación de drogas, epidemia de VIH, insalubridad y desinterés por parte de las autoridades. Según los investigadores, durante este periodo la cárcel se convirtió en un lugar de abandono y sufrimiento humano, mientras el Estado prefería ignorar lo que allí ocurría.
Tras el cierre de Carabanchel, organizaciones sociales y antiguos reclusos abogaron por la creación de un memorial y un hospital en el lugar de la antigua prisión. Sin embargo, estas iniciativas no se llevaron a cabo y el edificio fue demolido, lo que se convirtió en un símbolo no solo de los cambios urbanísticos, sino también del olvido colectivo.
El trabajo de Luis A. Ruiz Casero destaca que la historia de Carabanchel no es solo un relato de represión, sino también de resistencia, dignidad y memoria. El investigador subraya que fueron los esfuerzos conjuntos de los presos, sus familiares y activistas los que permitieron conservar el recuerdo de hechos que durante mucho tiempo permanecieron en la sombra.
Hoy Carabanchel sigue siendo un recordatorio importante de las páginas más complejas de la historia española. Su destino refleja no solo los cambios en la vida política del país, sino también la actitud de la sociedad ante el pasado, la justicia y la memoria.












