
Lejos de las rutas turísticas concurridas, en el corazón de Navarra, se extiende el valle de Ulzama: una tierra de prados esmeralda y bosques centenarios. Aquí, entre una naturaleza virgen, yace un pueblo que parece salido de las páginas de un antiguo libro. Iraizoz no es solo un punto en el mapa, sino una puerta al pasado, donde cada piedra y cada casa conservan el espíritu de la verdadera España del norte. Con poco más de doscientos habitantes, este lugar ha mantenido su autenticidad y una atmósfera sosegada, que se siente especialmente intensa con la llegada del otoño, cuando el paisaje circundante se enciende en tonos dorados y rojizos.
La arteria central del pueblo, la calle San Martín, conduce suavemente al viajero desde la amplia plaza con su fuente murmurante hasta la iglesia parroquial, levantada hace casi dos siglos. Pasear por esta calle es sumergirse en la historia. Aquí se alzan imponentes casonas del siglo XVIII y, junto a ellas, una sobria torre gótica, testigo silencioso de épocas pasadas. Las fachadas de muchas edificaciones están adornadas con inscripciones antiguas que cuentan las historias de las familias que vivieron aquí durante siglos. La seña de identidad de Iraizoz son sus casas tradicionales: muros de un blanco deslumbrante, oscuros aleros de madera y amplios balcones colmados de flores. El frontón y la taberna de la plaza no son solo elementos arquitectónicos, sino auténticos centros de la vida social, donde aún hoy bulle la conversación y se mantiene vivo el espíritu de buena vecindad.
Pero el encanto de Iraizoz no se limita a su centro histórico. Basta con dar un paso fuera del pueblo para quedar rodeado de frondosos bosques y verdes praderas. Numerosos senderos invitan a paseos tranquilos, especialmente agradables en otoño. Muy cerca se encuentra el singular robledal de Orgi, así como el Parque Micológico del Valle de Ultzama, un verdadero paraíso para los aficionados a la micología. Para quienes buscan actividades más intensas, la proximidad del puerto de Belate ofrece rutas hacia las cumbres de Saioa y Adi. En una de ellas, Aráñotz, se esconde la sencilla ermita de Santa Lucía, un edificio rectangular que alberga una talla de la santa realizada en 1886. Cada primer domingo de junio, los vecinos se reúnen aquí para participar en una romería popular, una tradición viva que une firmemente a las generaciones y subraya el vínculo indisoluble entre las personas y la naturaleza en esta región.
El camino hacia Iraizoz es en sí mismo parte de la aventura. Las carreteras que llevan al pueblo serpentean entre frondosa vegetación y pasan junto a imponentes caseríos vascos. Llegar desde Pamplona, situada a solo 25 kilómetros, es fácil. Se puede elegir la ruta por Senotz o bien llegar desde Larrainzar. Al llegar, el coche puede dejarse en la plaza principal o subir hacia la iglesia, donde también hay espacio para aparcar. La visita a este rincón de Navarra estaría incompleta sin conocer la gastronomía local. El otoño es la época perfecta para disfrutar de los frutos del bosque, especialmente las setas de temporada, y probar la famosa cuajada de oveja, un postre lácteo muy delicado. Este viaje ofrece la oportunidad no solo de ver, sino de sentir el auténtico modo de vida, donde todo sigue el tranquilo ritmo de la naturaleza.












