
En la costa de Cataluña, entre pinares y con vistas al mar infinito, se esconde un rincón cuya historia está envuelta en misterio y siglos de antigüedad. Sant Martí d’Empúries se presenta hoy como una apacible aldea medieval, firmemente unida al continente. Sin embargo, su pasado encierra un enigma sorprendente: alguna vez fue una isla griega vibrante, un puerto clave del Mediterráneo, que con el tiempo se fundió con el paisaje costero, dejando a los historiadores más preguntas que respuestas.
De isla a continente: la metamorfosis geológica
La crónica de este lugar comenzó hace más de dos mil quinientos años. En el siglo VI a.C., colonos de Focea fundaron en una isla rocosa, situada a unos cientos de metros de la costa, la primera colonia griega en la península ibérica. Ese trozo de tierra, llamado Palaiápolis, que significa «ciudad vieja», contaba con una ventaja estratégica excepcional. Ubicado entre humedales y la desembocadura del río Fluvià, era un punto ideal para controlar las rutas marítimas y el comercio.
Sin embargo, la naturaleza fue más poderosa que las ambiciones humanas. El implacable paso del tiempo, los sedimentos del río y el lento retroceso del mar obraron un auténtico milagro. Durante siglos, la arena y el limo rellenaron el estrecho, hasta que finalmente se formó un istmo natural que unió para siempre la isla al continente. Así, aquel antiguo puesto avanzado de los helenos se convirtió en una parte inseparable de la costa catalana, y el origen insular quedó envuelto en leyenda, oculta bajo capas de tierra.
Caleidoscopio de civilizaciones
Tras los griegos, estas tierras fueron testigo de numerosos pueblos. Los romanos ampliaron el asentamiento y fundaron una nueva ciudad en el continente. Más tarde llegaron los visigodos, quienes convirtieron Sant Martí en centro episcopal. Después dejaron su huella los musulmanes y los francos de Carlomagno. A lo largo de los siglos, la localidad fue capital del condado de Empúries, importante centro político y religioso, y escenario de innumerables batallas e intrigas.
Pero a partir del siglo XI su esplendor comenzó a declinar y la grandeza de antaño se fue apagando poco a poco. Por fortuna, la ciudad no desapareció del todo. Quedó casi detenida en el tiempo, conservando su rico patrimonio para las generaciones futuras. Hoy, paseando por sus estrechas calles, se pueden contemplar fragmentos de murallas medievales, casas de piedra construidas entre los siglos XV y XVIII, y la imponente iglesia fortificada de 1538, levantada sobre las ruinas de templos aún más antiguos.
Una herencia viva en la actualidad
Reconocido como patrimonio cultural de importancia nacional, Sant Martí d’Empúries ha conservado su atmósfera única. Cada piedra aquí respira historia, desde la plaza central hasta el antiguo edificio donde actualmente se encuentra el centro de estudios del legado griego Iberia Graeca. Este lugar es tan pintoresco que incluso inspiró al escritor Víctor Mora a convertirlo en el hogar ficticio de su famoso personaje, el Capitán Trueno.
Hoy en día, este rincón de Cataluña atrae no solo a amantes de la antigüedad, sino también a quienes buscan la belleza mediterránea. Sus tranquilas playas, los pintorescos senderos peatonales con vistas panorámicas al cabo de Cap de Creus y el paseo marítimo acondicionado que conecta el pueblo con el complejo arqueológico de Empúries y la cercana localidad de L’Escala lo convierten en un lugar ideal para pasear sin prisas, donde la historia y el mar se funden en un solo paisaje.












