
La edad adulta no siempre garantiza la madurez del pensamiento. Muchas personas, alcanzando cierta edad, siguen tomando decisiones propias de los niños. El pensador romano Marco Tulio Cicerón (Marcus Tullius Cicero) relacionaba este fenómeno con la falta de interés por estudiar el pasado y acumular la experiencia de las generaciones. Según él, ignorar la historia conduce a que una persona permanezca en un estado de inmadurez intelectual perpetua, sin importar los años vividos.
Cicerón afirmaba que, si no sabes lo que ocurrió antes de tu nacimiento, es como si te condenaras a una infancia sin fin. Una persona así es incapaz de aprender de los errores y logros de otros, y por ello se ve obligada a empezar de cero cada vez. Esto no solo empobrece el pensamiento, sino que también dificulta tomar decisiones acertadas en el presente.
Dos tipos de inmadurez
El filósofo diferenciaba dos tipos de inmadurez. La primera, biológica, está relacionada con la edad y el desarrollo del organismo. En este período, la persona aún no cuenta con la experiencia ni los conocimientos necesarios para tomar decisiones independientes. La segunda, intelectual, no depende de la edad. Un adulto puede seguir siendo inmaduro si no busca el conocimiento y no se interesa por la historia.
La inmadurez intelectual se manifiesta en la falta de pensamiento crítico, la incapacidad para analizar los acontecimientos y sacar conclusiones basadas en experiencias previas. Una persona así se deja llevar fácilmente por las emociones, actúa de forma impulsiva y suele caer en los mismos errores. Cicerón consideraba que solo el aprendizaje constante y la referencia a la experiencia de los antepasados permiten superar este estado.
El papel de la historia
Para el pensador romano, la historia no era simplemente una colección de fechas y hechos. Veía en ella una fuente de lecciones prácticas, ejemplos de virtud y errores que pueden servir de guía para sus contemporáneos. Según sus palabras, la historia es maestra de la vida, capaz de enseñar sabiduría y responsabilidad.
Cicerón advertía que desconocer el pasado lleva a las personas a tropezar una y otra vez con los mismos obstáculos. Esto aplica tanto a individuos como a sociedades enteras. Si los ciudadanos y sus líderes no estudian la historia, corren el riesgo de repetir los errores trágicos ya cometidos antes.
Consecuencias para la sociedad
En tiempos de Cicerón, la República Romana atravesaba una crisis. El pensador observaba cómo incluso políticos experimentados tomaban decisiones sin considerar las lecciones del pasado. En ello veía una manifestación de infantilismo colectivo que debilitaba las instituciones estatales y hacía a la sociedad vulnerable ante amenazas tanto internas como externas.
Según Cicerón, la madurez de un ciudadano se define no solo por la edad, sino también por la capacidad de aprender de los errores ajenos, analizar los procesos históricos y actuar en beneficio del bien común. Sin ello, es imposible construir una sociedad sostenible y justa.
La madurez como camino
Cicerón estaba convencido de que crecer no es solo un proceso biológico, sino también un trabajo constante sobre uno mismo. Una persona realmente madura aprende a pensar de forma independiente, se apoya en la experiencia de sus predecesores y busca el desarrollo de la razón. Solo así se puede evitar la eterna inmadurez y convertirse en un miembro pleno de la sociedad.
En el mundo actual, donde la información es más accesible que nunca, las palabras de Cicerón resultan especialmente relevantes. Ignorar la historia y la experiencia de generaciones pasadas sigue conduciendo a errores que podrían haberse evitado. La pregunta de por qué los adultos a veces actúan como niños sigue abierta, y quizás la respuesta haya que buscarla en el pasado.












