
En Albacete, donde antaño la vida animaba decenas de aldeas rurales, hoy solo reinan el silencio y las huellas del pasado. En las últimas décadas, varias localidades de la región han quedado completamente deshabitadas, dejando tras de sí ruinas, senderos invadidos por la maleza y recuerdos de quienes tuvieron que abandonar sus hogares. La desaparición de estos núcleos no responde solo a problemas económicos, sino también a la falta de infraestructuras, condiciones climáticas adversas y la imposibilidad de mantener el modo de vida tradicional.
Entre estos lugares figuran Alcadima, Marimingues, Arteaga de Abajo, El Ensebrico, Mojarras y Las Hermanas. Cada una de estas aldeas cuenta con una historia singular, pero todas comparten un destino común: no lograron resistir al paso del tiempo ni a los cambios que transformaron la España rural en la segunda mitad del siglo XX.
Alcadima y Marimingues
Alcadima, situada en un valle estrecho junto al río Mundo, formó parte antaño del municipio de Liétor. Sus casas, edificadas con yeso, acogieron una vida apacible hasta que los problemas de acceso y el cierre de servicios clave marcaron un antes y un después. En la década de 1970 comenzó el éxodo masivo, y poco después la aldea quedó vacía. Marimingues, en la zona de La Manchuela, sobrevivió durante años gracias a la agricultura. La electricidad llegó a mediados del siglo pasado, un verdadero acontecimiento para los vecinos. Sin embargo, la mecanización y la marcha de los jóvenes hacia las ciudades hicieron el resto: hoy solo quedan viviendas semiderruidas y escasos signos de vida.
Arteaga de Abajo y El Ensebrico
Arteaga de Abajo, situada en un saliente rocoso junto al río Pientesillas, siempre fue de difícil acceso. Los inviernos aquí son duros y sólo se podía llegar a la aldea a pie o a caballo. La falta de comodidades básicas y las condiciones complicadas provocaron que, para la década de 1960, la mayoría de las familias se trasladaran a núcleos urbanos más grandes. El Encebrico, perdido en las sierras de Segura a más de 1400 metros de altitud, sufría especialmente el aislamiento en invierno, cuando las nevadas lo dejaban completamente incomunicado. Durante mucho tiempo, aquí no hubo electricidad, ni agua, ni escuela. A mediados del siglo XX los habitantes comenzaron a abandonar el pueblo y pronto quedó convertido en un lugar fantasma.
Mojarras y Las Hermanas
Mojarras, en la zona noroeste de la provincia, conserva huellas del pasado árabe: antiguos aljibes y un nombre sonoro evocan los tiempos de Al-Ándalus. Durante muchos años fue una pequeña comunidad agrícola con su propia iglesia. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XX la población se redujo drásticamente y hoy sólo quedan ruinas y algunas construcciones históricas. Curiosamente, las tradiciones religiosas ligadas al Cristo de Mojarras todavía se conservan en la cercana Villarrobledo.
Las Hermanas, situada en la ladera de las montañas de Segura, alguna vez contó con varias decenas de casas rodeadas de olivares y almendrales. La vida aquí no era sencilla: para cualquier servicio, era necesario desplazarse a los pueblos vecinos. En las décadas de 1960 y 1970, la mayoría de sus habitantes se trasladaron a Molinicos, y a finales del siglo la aldea quedó completamente despoblada. Actualmente, sus restos se deterioran rápidamente bajo el efecto del tiempo y la naturaleza.
Memoria y contexto
Las historias de los pueblos desaparecidos de Albacete no son un caso aislado en España. Un destino similar han sufrido otras regiones del país, donde las pequeñas localidades no resistieron la presión del tiempo y la urbanización. Por ejemplo, en las montañas de Navarra hay un pueblo donde las casas medievales y el antiguo monasterio aún sorprenden a los viajeros por su aislamiento y su atmósfera — puedes descubrir más sobre esto en el reportaje sobre los rincones ocultos de Navarra.
Como señala Idealista, el destino de las aldeas abandonadas de Albacete no es solo una historia de pérdidas, sino también un recordatorio de los cambios que han afectado a toda la España rural. La cuestión sobre la conservación de estos lugares y su posible recuperación sigue abierta, ya que junto a las viviendas desaparecen también tradiciones únicas y la memoria de las generaciones que aquí vivieron.
En los últimos años, el interés por los pueblos abandonados va en aumento: entusiastas, investigadores e incluso nuevos pobladores buscan maneras de devolverles la vida a estos rincones olvidados. Sin embargo, la mayoría de estos proyectos enfrenta las mismas dificultades que los antiguos residentes: lejanía, falta de infraestructuras y condiciones de vida complejas. Aun así, estos lugares siguen atrayendo a quienes buscan tranquilidad, historia y una España auténtica y sin adornos.
En la década de 2020, en España se debate cada vez más sobre la despoblación de las pequeñas localidades. En algunas regiones ya existen programas para apoyar las zonas rurales, pero los resultados hasta ahora son dispares. Los pueblos abandonados de Albacete son solo una parte de una realidad más amplia, donde el pasado y el presente se encuentran en calles vacías y entre casas a medio derruir.
La historia de los pueblos españoles abandonados está llena de ejemplos en los que, tras años o incluso décadas, el interés por ellos resurge. A principios del siglo XXI, en Galicia y Aragón surgieron iniciativas para restaurar este tipo de localidades, atrayendo así a nuevos habitantes y turistas. No todos los proyectos tuvieron éxito: muchos se toparon con la falta de inversión y dificultades para adaptarse a la vida moderna. Sin embargo, la experiencia de estas regiones demuestra que hasta los rincones más olvidados pueden tener una segunda oportunidad si se les presta atención y cuidado.











