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22 años de lucha: Alba Puente salva el taller familiar del olvido

Descubre por qué los jóvenes se van mientras ella se queda en el corazón de Madrid

El taller Margharetta en Chamartín cumple 50 años. Su joven dueña Alba Puente no teme a los cambios y demuestra que el oficio artesanal sigue vigente hoy

En pleno corazón del barrio madrileño de Chamartín aún se percibe el aroma a madera recién cortada y barniz. En la calle Infanta María Teresa, 19, se esconde el taller Margharetta, un lugar donde el tiempo parece haberse detenido. Allí, entre virutas y viejas fotografías, Alba Puente, de 22 años, se convirtió inesperadamente en la heredera del negocio familiar, que en 2026 cumplirá medio siglo.

Llegué por primera vez a Margharetta por casualidad, pero enseguida comprendí que no era solo una tienda de marcos. Cada rincón del taller está impregnado de la historia de una familia donde tres generaciones trabajaron codo a codo. Alba es nieta de los fundadores, María del Pilar Isern y Teófilo Sastre. En 1976, abrieron este taller sin imaginar que su proyecto sobreviviría décadas y acabaría convirtiéndose en toda una leyenda del barrio.

El negocio familiar ha pasado por las manos de los siete hijos de los fundadores. Algunos se dedicaron más a la gestión, otros al trabajo en el taller, pero todos dejaron su huella. La madre de Alba, Marien Sastre Isern, asumió la dirección tras el fallecimiento de la abuela en 2015. Ahora, con la salud de su madre debilitada, Alba tomó el relevo sin dudarlo.

La fuerza de la tradición

Margharetta no es solo un taller, sino un punto de encuentro para todo el barrio. Incluso después de mudarse un par de calles más allá, los clientes habituales han seguido visitando el local, tanto para ponerse al día como para recordar viejos tiempos. Prácticamente la mitad del vecindario conoce a Alba por su nombre, y muchos aún recuerdan a sus abuelos.

En el taller se respira una atmósfera especial: calidez, tranquilidad y respeto por el oficio. Alba confiesa que no se imagina fuera de estas paredes. Para ella, Margharetta es su hogar, donde creció entre el aroma de la madera y las voces de sus familiares. Los vecinos suelen pasar simplemente a charlar o compartir recuerdos de años pasados.

Aunque los tiempos han cambiado, la demanda de trabajo artesanal no ha desaparecido. Alba está convencida de que la gente aún valora el trato personalizado y la calidad que no se encuentra en las grandes tiendas. Aquí se pueden enmarcar no solo fotografías o cuadros, sino también objetos inesperados: desde camisetas hasta medallas y crucifijos.

El oficio y sus retos

Trabajar en Margharetta no solo consiste en hacer marcos. Es atención al detalle, paciencia y el deseo de hacer cada pieza única. Alba cuenta con orgullo que el taller ofrece cientos de opciones de enmarcado: doble paspartú, insertos de cristal, marcos profundos. Cada pedido es una historia distinta, y el cliente siempre participa en la elección.

En el taller trabajan tres mujeres: la propia Alba, Sofía, quien recibe a los clientes, y Ana, encargada de la parte técnica. Todos los procesos, desde cortar tablones de tres metros hasta montar y tensar el lienzo, se realizan aquí, a la vista de los clientes. A veces parece que falta tiempo, pero el equipo logra cumplir incluso con los encargos más complejos.

En Margharetta los precios varían: puedes optar por alternativas exclusivas y costosas o escoger opciones más asequibles. Lo esencial es la calidad y el trato personalizado. Alba es sincera: sus trabajos no pueden costar tan poco como en los hipermercados, pero la diferencia en el resultado se nota de inmediato.

Nuevos horizontes

Alba no teme a los cambios. Promociona activamente el taller en redes sociales para atraer a un público más joven. Según cuenta, la mayoría de sus clientes tienen entre 40 y 50 años, pero cada vez se acercan más jóvenes interesados en un enfoque único y en la posibilidad de regalar algo con historia.

La juventud está acostumbrada a la inmediatez, pero incluso en eso Margharetta mantiene el ritmo: un pedido típico se entrega en un día, y en épocas festivas —como máximo en dos semanas. Alba cree que el oficio debe adaptarse a los tiempos sin perder su esencia.

Reconoce que a veces le gustaría que los clientes valoraran más el trabajo artesanal. Sin embargo, siempre hay quienes priorizan la calidad y la exclusividad. Gracias al esfuerzo de Alba, el taller poco a poco gana popularidad entre las nuevas generaciones.

Una elección personal

Hasta hace poco, Alba estudiaba una doble titulación en Derecho y Criminología. Pero cuando su madre enfermó, no dudó en dejar los estudios para dedicarse por completo al negocio familiar. Descubrió que trabajar en el taller le daba mucha más satisfacción que la idea de una carrera jurídica.

El tiempo aquí pasa volando. Alba no descarta que su futuro esté ligado precisamente a Margharetta y no al derecho. Sueña con preservar el ambiente familiar dentro de 50 años, incluso si el taller se moderniza. Lo más importante es no perder esa chispa que hace a este lugar único.

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