
En las últimas semanas, las Islas Canarias han vivido una situación tensa en torno a los menores migrantes que han solicitado asilo. Tras la decisión del Tribunal Supremo, que obliga al gobierno de España a ubicar a estos niños en centros estatales, se han iniciado traslados masivos de adolescentes entre diferentes centros.
Muchos de ellos han sido trasladados de forma inesperada de sus entornos habituales — escuelas, familias y comunidades en las que ya estaban adaptados. Padres y tutores, que durante años han apoyado a estos jóvenes, se encuentran desconcertados: los niños son llevados prácticamente de la noche a la mañana, sin tiempo para despedirse ni prepararse para el cambio. Esto se siente especialmente en Tenerife y en Las Palmas de Gran Canaria, donde se encuentran los mayores centros para menores.
Conflicto de intereses: la burocracia frente a los destinos humanos
Las autoridades canarias han insistido en la necesidad de redistribuir a los menores debido a la saturación de los centros locales. Sin embargo, muchos adolescentes ya han hecho amigos aquí, han empezado a estudiar y algunos incluso han accedido a formación profesional. Para ellos, el traslado supone perder todo lo que han conseguido construir en tan poco tiempo.
Las organizaciones que apoyan a migrantes señalan que estos traslados vulneran los derechos de los menores y no tienen en cuenta sus necesidades individuales. En varios casos, los adolescentes se han visto obligados a renunciar a sus solicitudes de asilo para poder permanecer en las islas. Juristas y defensores de derechos humanos insisten en que la ley exige analizar cada caso de forma individual, y no actuar siguiendo un patrón predeterminado.
Nuevos centros y futuro incierto
La mayoría de los menores son enviados al llamado «Canarias 50», un gran centro ubicado en la capital del archipiélago. Allí son entrevistados para conocer sus preferencias y planes de futuro. Sin embargo, la espera puede prolongarse durante meses, y las condiciones en estos centros distan mucho de un ambiente familiar. Algunos niños permanecen aquí mucho más tiempo del prometido, lo que aumenta su estrés y ansiedad.
En ciudades como Arucas, padres y vecinos salen a la calle exigiendo que los menores puedan quedarse en su entorno habitual. Están convencidos de que separar a los adolescentes de sus nuevas familias y amigos supone arrebatarles la oportunidad de integrarse normalmente. Las autoridades prometen escuchar la opinión de cada niño, pero en la práctica las decisiones se toman rápidamente y sin valorar todas las circunstancias.
Dudas sobre los procedimientos y próximos pasos
Los funcionarios admiten que la tramitación de documentos y la organización de los traslados se realizan a contrarreloj. Algunos tutores se quejan de que ni siquiera pueden despedirse de los menores a los que han apoyado durante meses. Al mismo tiempo, representantes del ministerio aseguran que nadie es enviado a la península en contra de su voluntad y que existen procedimientos especiales para los grupos más vulnerables—niñas, bebés y quienes manifiestan claramente su deseo de quedarse.
Sin embargo, cientos de adolescentes ya han sido trasladados a nuevos centros y su futuro sigue siendo incierto. La cuestión de cómo combinar los requisitos legales con los intereses de los propios menores aún no tiene respuesta. Padres, educadores y defensores de los derechos humanos insisten: el destino de cada niño debe decidirse de forma individual y no en función de criterios formales.












