
En el otoño de 1975, España se encontraba al borde de cambios que un año antes parecían imposibles. El ambiente estaba cargado de tensión: el país contenía la respiración, esperando el final de la era de Franco. En las neveras se acumulaban botellas de cava, y la radio transmitía sin cesar boletines médicos sobre el estado del dictador. Parecía que el tiempo se había detenido y nadie sabía cuándo llegaría, por fin, un nuevo día.
Pero tras esa calma aparente se ocultaba una tormenta. En los últimos años, una ola de descontento se extendió por los barrios obreros, las universidades, las escuelas e incluso los gremios profesionales. Desde 1962, cuando comenzaron las huelgas mineras en Asturias, las protestas no dejaron de crecer. La policía intentaba contener el movimiento en ascenso, pero cada mes se volvía más difícil. La gente salía a las calles a pesar de la amenaza de represión, mientras las organizaciones clandestinas y los nuevos sindicatos ganaban fuerza.
Explosión de esperanza e ideas nuevas
A diferencia de París en 1968, donde todo hervía en las plazas y universidades, en España el cambio maduraba en silencio. Pero ese silencio era engañoso. Dentro de la sociedad crecía la determinación de dejar atrás el pasado y construir algo completamente diferente. Obreros, estudiantes, profesores e incluso médicos empezaron a debatir cómo debía ser el futuro del país. Surgieron manifiestos, proyectos de reforma, ideas para un nuevo sistema educativo. En Madrid, Barcelona y Valencia, los colectivos profesionales presentaban sus propias propuestas para el desarrollo del país.
Todo esto sucedía bajo una dura dictadura que intentaba mantener el control incluso en sus últimos meses. En septiembre de 1975, ocho personas fueron ejecutadas: el último intento desesperado de aferrarse al poder. Sin embargo, ni siquiera estas medidas lograron detener la creciente ola de cambios. La gente estaba dispuesta a sacrificios por la libertad y una vida mejor.
Un punto de inflexión: el papel de la sociedad
Los españoles comunes —obreros, maestros, habitantes de barrios periféricos— jugaron un papel clave en estos acontecimientos. Su esfuerzo y participación masiva hicieron posible el colapso del antiguo régimen. No fueron los pactos políticos, sino la presión desde abajo la que obligó al poder a ceder. Las empresas no podían funcionar bajo constantes huelgas y ante la falta de diálogo con los nuevos sindicatos. El sistema se resquebrajaba, a pesar de la resistencia de los conservadores.
Durante ese periodo, se vivía en la sociedad un ambiente de expectativas y sueños. Algunos esperaban una revolución al estilo soviético o chino, otros preferían un socialismo similar al de los países nórdicos. También había quienes creían en la democracia o en una república. La monarquía parecía obsoleta, pero nadie podía decir con certeza cómo sería el día de mañana. Lo principal era la fe en la posibilidad del cambio.
Tras la dictadura: el regreso a la vida
Cuando Franco se fue, el país estalló de alegría. Comenzó una auténtica “fiesta”: la gente celebraba la libertad, discutía nuevos proyectos y hacía planes. Pero los cambios no llegaron de inmediato. Solo en el verano de 1976, con la llegada de Adolfo Suárez, empezaron las reformas reales. Los años siguientes marcaron una época de apertura, levantamiento de prohibiciones y aparición de nuevas libertades.
Poco a poco, las pasiones se calmaron y la vida cotidiana volvió a la normalidad. La política pasó a ser asunto de los partidos, no de las calles. Pero el recuerdo de aquella época permanece. Cada vez que alguien critica la España actual, inevitablemente se recuerda cuánto se logró gracias a quienes se atrevieron a soñar y luchar. España cambió para siempre y se convirtió en un país en el que apetece vivir.












