
Alrededor de la central nuclear de Almaraz, en la provincia de Cáceres, se ha formado una situación económica única: siete de los diez municipios con mayor renta media per cápita de Extremadura se encuentran justamente aquí. Los dos reactores, construidos a principios de los años 80, debían cesar su actividad en 2027 y 2028. Pero mientras los políticos debaten sobre el futuro de la planta, los habitantes de la región viven en constante incertidumbre sobre el mañana.
En los municipios que rodean la central, las conversaciones sobre el futuro son constantes. Los vecinos no lo ocultan: si la central cierra, la región afrontará un colapso económico. «Si la cierran, aquí solo quedarán los pensionistas. Todo se acabará», afirma el contratista Fernando Muñoz mientras retira efectivo en el centro de Almaraz. La profesora Cristina Jiménez lo tiene claro: «Esto afectará a todos los pueblos de los alrededores, porque la central genera muchos empleos».
Según los últimos datos, la renta media per cápita en Almaraz es de 16.641 euros, muy por encima de la media extremeña (12.326 euros) e incluso superior al promedio nacional. En el podio también figuran Romangordo y Belvís de Monroy, cuyos ingresos son comparables a los de la ciudad nuclear. Incluso comparado con grandes ciudades de la región, como Cáceres, Badajoz, Plasencia y Mérida, estos pequeños municipios muestran un mayor bienestar.
Dependencia de la central
Los economistas señalan que este alto nivel de ingresos se debe exclusivamente a la central nuclear, y no al desarrollo industrial o empresarial. Según el profesor Juan José Maldonado, la región debe buscar alternativas, ya que tarde o temprano la planta cerrará. Actualmente, más de 300 personas trabajan en la central y otras 400 en empresas contratistas. Durante los períodos de mantenimiento técnico, el número de empleados supera el millar.
La ampliación del plazo de operación de la central nuclear ha generado intensos debates políticos. Los partidos conservadores apoyan posponer el cierre hasta 2030, y los propietarios de la planta, grandes empresas energéticas, ya han presentado la solicitud correspondiente. El líder de uno de los partidos de derechas visitó personalmente Almaraz, acusando a las autoridades regionales de apoyar un “fanatismo verde” que, según él, está destruyendo la economía rural. Al mismo tiempo, la presidenta regional prometió reducir el impuesto ecológico para la planta, lo que permitirá bajar los pagos de 80 a 45 millones de euros en 2029.
El Gobierno de España aún no ha adoptado una postura definitiva, pero en los últimos meses ha empezado a estudiar la posibilidad de prorrogar el funcionamiento de la planta, aunque sin incentivos fiscales. La decisión final dependerá del informe del Consejo de Seguridad Nuclear.
Presupuesto e infraestructuras
Para los municipios cercanos a la central nuclear, los ingresos de la planta son una fuente clave de financiación. En el presupuesto de Almaraz, casi la mitad de los fondos provienen de impuestos relacionados con el funcionamiento de la instalación. Esto permite mantener una infraestructura amplia: aquí hay un centro de salud, una residencia de ancianos, una guardería, una biblioteca, un centro de día e incluso un equipo propio de asistencia domiciliaria para mayores. En verano, el personal municipal aumenta hasta 230 personas.
En 2023, la ciudad inauguró un monumento dedicado a la central, con una inscripción de agradecimiento por su contribución al desarrollo y la mejora de la calidad de vida de los vecinos. Sin embargo, pese a que se reconoce el papel de la planta, muchos son conscientes de que su actividad no será eterna. El alcalde de Almaraz, Juan Antonio Díaz, subraya: «Necesitamos alternativas reales antes del cierre de la central, no solo promesas».
Nuevos proyectos y preocupaciones
La principal esperanza de la región es la construcción de una gigafactoría de baterías de litio para vehículos eléctricos en Navalmoral de la Mata, a 20 kilómetros de la central. El proyecto, impulsado por una multinacional china, promete crear 3.000 empleos directos y otros 12.000 indirectos. La inversión supera los 2.500 millones de euros. Las autoridades confían en que la nueva fábrica se convierta en la mayor planta industrial de Extremadura, aprovechando las infraestructuras energéticas existentes y la cercanía con Madrid.
Sin embargo, los planes de iniciar la producción en 2027 se encuentran ahora amenazados: la empresa redujo el número de líneas de producción, lo que provocó la pérdida de la licencia de construcción. Esto ha causado retrasos y los rivales políticos se acusan mutuamente de no apoyar suficientemente el proyecto.
Vivir a la espera
Mientras los políticos debaten y los inversores revisan sus estrategias, los habitantes de los municipios siguen viviendo a la espera de cambios. En Saucedilla, de un presupuesto de 6,8 millones de euros, cinco proceden de la central nuclear. El alcalde local, Iñaki Campo, lo admite: «La gente tiene miedo de quedarse sin futuro». Incluso el escudo del pueblo está decorado con la imagen de una central nuclear.
En Romangordo, el jubilado Antonio Pérez recuerda que en 40 años de funcionamiento de la planta nunca hubo un incidente grave. Aquí, en este pueblo museo, la vida transcurre con tranquilidad: hay escuela, consultorio médico, residencia de mayores, piscina, biblioteca y gimnasio. Sin embargo, muchos temen que, con el cierre de la planta, desaparezca también su modo de vida.
Algunos vecinos son escépticos respecto a las energías alternativas. El carpintero local Vicente Carro opina que los paneles solares no podrán sustituir los puestos de trabajo que genera la central nuclear. «No quiero ver sólo campos de cristal a mi alrededor», comenta mientras charla con sus vecinos sobre los cambios.
Mientras propietarios de la planta y autoridades discuten sobre el futuro, los residentes de la región siguen esperando lo mejor, aunque se preparan para cambios que pueden transformar su vida para siempre.











