
En sus controvertidas memorias, el rey emérito Juan Carlos I ha decidido revelar uno de los episodios más íntimos de su juventud. Entre intrigas políticas y asuntos de Estado, encuentra espacio para un recuerdo nostálgico y romántico sobre la princesa Hélène d’Orléans, a quien no duda en llamar su primer gran amor. Fue una pasión platónica y secreta que, según confiesa, dejó una huella tan profunda en su alma que decidió nombrar en su honor a su hija mayor. Sin embargo, la reina Sofía ofrece una versión mucho más sencilla. Ella sostiene que el nombre Elena, de raíces griegas, simplemente gustaba a ambos, y que no hubo ningún significado oculto ni referencias al pasado en esa elección.
Según doña Sofía, la elección del nombre para su primogénita sorprendió a los familiares, ya que en ninguna de las familias reales españolas ni griegas había antepasados con ese nombre. La única Elena que ella recordaba en su vida era su muñeca favorita de la infancia. Entonces, ¿cuál de estas versiones se acerca más a la verdad? ¿Y de verdad Hélène d’Orléans tuvo un papel tan relevante en la vida del futuro monarca?
La princesa Elena fue la tercera de los once hijos de Enrique, conde de París, e Isabel de Orleans-Braganza, pretendientes al trono de Francia. Nació en Bruselas en 1934, siendo cuatro años mayor que Juan Carlos. Ella y sus hermanos crecieron en un ambiente de estricta disciplina, sobriedad y profundo respeto por las tradiciones. Elena, dueña de una belleza serena y reservada, formaba parte del círculo de la juventud aristocrática, donde el joven príncipe español era un visitante habitual.
En aquella época, el joven Juan Carlos, que acababa de cumplir 18 años, también estaba fascinado por la excéntrica condesa italiana Olghina di Robilant, famosa por su vida liberal. Sin embargo, sus sentimientos hacia Elena de Orleans estaban condenados desde el principio. La princesa ya estaba comprometida. En 1957 se casó con el conde Evrard de Limburg Stirum. La boda, de acuerdo con las antiguas tradiciones de la casa real francesa, se celebró en la capilla familiar en Dreux.
Entre los invitados de honor a la boda estuvo un jovencísimo Juan Carlos, acompañado por sus padres, los condes de Barcelona. A la ceremonia asistieron la reina Federica de Grecia, el gran duque Juan de Luxemburgo y otros representantes de la nobleza europea. La novia lució un elegante vestido de Dior confeccionado en brocado de seda y una tiara de diamantes de la familia. El evento tuvo una amplia cobertura en la prensa, ya que Elena fue la primera de sus hermanos en casarse.
Después de la boda, los recién casados vivieron varios años en Rodesia y luego se establecieron en el castillo familiar de Huldenberg, en Bélgica. Tuvieron cuatro hijos: Catherine, Thierry, Louis y Bruno. Tras enviudar en 2001, Helena sigue viviendo hoy en su castillo, rodeada de su gran familia. Curiosamente, uno de sus nietos, Louis de Limburg-Stirum, está casado con la española Belén López Montero, quien gestiona a distancia la bodega familiar en Castilla-La Mancha, manteniendo así el vínculo de la familia con España.
Juan Carlos coincidía frecuentemente con la familia de los condes de París en distintos actos reales, bailes y bodas. Fue precisamente en uno de estos eventos, la boda de los duques de Kent en 1961, donde conoció a su futura esposa, Sofía. Parece que entre él y Helena nunca llegó a surgir un romance real. Sin embargo, el joven príncipe quedó tan cautivado por su belleza y elegancia que, casi 70 años después, decidió compartir este recuerdo, perpetuando el nombre de su primer amor en el de su propia hija.











