
En Cataluña han resurgido los debates sobre los métodos empleados por las fuerzas del orden locales durante las dispersión de manifestaciones. Tras varios incidentes en los que la policía utilizó gas pimienta en recientes protestas, se ha abierto una fuerte polémica tanto en la sociedad como entre los políticos. El debate se intensificó especialmente tras los hechos ocurridos en Barcelona y Manresa, donde manifestantes apoyaban el movimiento palestino.
En las últimas semanas, la policía ha recurrido en tres ocasiones al uso de gas irritante, lo que provocó una ola de críticas por parte de distintos partidos y organizaciones de derechos humanos. Representantes de movimientos de izquierda y activistas exigen explicaciones al responsable del Departamento de Interior y a la dirección policial. Les preocupa que este tipo de medidas se estén convirtiendo en una práctica habitual, y no en una excepción.
Anteriormente, el uso de gas pimienta era una medida poco común, pero en los últimos tiempos la situación ha cambiado. Las autoridades afirman que este recurso es menos lesivo que las porras u otros medios especiales. Sin embargo, los defensores de los derechos humanos insisten en que el uso de gas debe estar estrictamente regulado y que cada caso debe ser examinado minuciosamente. Según sus datos, decenas de personas recibieron atención médica tras los enfrentamientos en las calles de Barcelona.
Técnicamente, el uso del gas en espray está permitido desde 2013, pero durante mucho tiempo su aplicación quedó en entredicho debido a riesgos políticos. En el pasado, incluso se destituían a portavoces por declaraciones poco afortunadas sobre este tema. Actualmente, con la nueva dirección, la situación está cambiando: la policía goza de mayor libertad para elegir los medios de dispersión de multitudes.
Al mismo tiempo, los activistas señalan que los agentes de policía no siempre advierten antes de usar gas y, a menudo, no llevan distintivos identificativos. Esto dificulta la identificación y la investigación de posibles irregularidades. Como respuesta a las críticas, algunos partidos exigen que se publiquen las instrucciones internas sobre el uso de medios especiales, para que la sociedad pueda supervisar las acciones de las fuerzas de seguridad.
La cuestión de la transparencia y la rendición de cuentas sigue sin resolverse. Las organizaciones de derechos humanos insisten en una evaluación independiente de los recientes incidentes y en la revisión de los protocolos existentes. También llaman la atención sobre el aumento del número de agentes que ocultan sus números, lo que genera preocupaciones adicionales sobre la responsabilidad en las manifestaciones.












