
María Eugenia Cuenca, cuyo nombre está grabado para siempre en la historia de Cataluña, falleció a los 79 años. Su figura se convirtió en un símbolo de cambio para toda una generación, ya que fue la primera mujer en ocupar el cargo de consellera en el gobierno autonómico. Para muchos, su trayectoria es un ejemplo de cómo la determinación personal puede transformar el panorama político.
A principios de los años 90, cuando Cuenca se incorporó al gobierno de Cataluña, la región apenas comenzaba a reconocer la importancia de la presencia femenina en los altos cargos de poder. El entonces presidente Jordi Pujol le confió la conselleria de Gobernación, y ese nombramiento significó un auténtico hito para la política local. Sin embargo, el camino de Cuenca hacia la cima no estuvo exento de dificultades.
Camino a la cima
María Eugenia nació en Calatayud en noviembre de 1947. Su carrera profesional comenzó mucho antes de captar la atención de la sociedad catalana. En 1986 fue elegida por primera vez diputada en el Congreso representando a la coalición CiU y, tres años después, pasó a formar parte de la dirección de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC). En aquella época, pocas mujeres accedían a puestos directivos y Cuenca se topó en más de una ocasión con el recelo y el escepticismo abierto de algunos colegas.
De 1986 a 1986 ocupó el cargo de secretaria general de Educación en el gobierno de Cataluña. Aunque breve, este periodo intenso se convirtió para ella en una auténtica escuela de supervivencia en el mundo masculinizado de la política. Ya entonces Cuenca demostró ser una persona capaz de tomar decisiones impopulares y defender su punto de vista, incluso cuando iba en contra de la línea del partido.
Tiempo de cambios
El verdadero avance llegó en 1992, cuando Cuenca fue nombrada consejera de Gobernación. Se convirtió en la primera mujer en formar parte del gobierno catalán. Este hecho generó un gran revuelo en los círculos políticos y en la sociedad. Muchos vieron su nombramiento como una victoria simbólica, pero Cuenca prefería centrarse en el trabajo y no en el género.
Durante tres años como consejera, se encargó de cuestiones vinculadas al fortalecimiento de la autonomía regional. Su labor fue objeto de intensos debates, ya que Cuenca no temía ir contracorriente. Participó activamente en la elaboración de nuevos mecanismos de gestión que permitieron a Cataluña obtener mayor autonomía en asuntos internos.
Legado político
Tras dejar el gobierno en 1995, Cuenca no se apartó de la política. En 1999 y 2003 fue nuevamente elegida diputada en el Parlamento de Cataluña por la coalición CiU. Su experiencia y prestigio le permitieron influir en decisiones clave, aunque prefería mantenerse alejada de escándalos y conflictos públicos.
Colegas y adversarios reconocían su habilidad para llevar a cabo negociaciones complejas y encontrar compromisos donde otros solo veían un callejón sin salida. Incluso después de concluir su activa carrera política, Cuenca siguió siendo una figura cuya opinión era altamente valorada.
Memoria y reconocimiento
La noticia del fallecimiento de María Eugenia Cuenca generó una ola de condolencias entre políticos y figuras públicas de Cataluña. Muchos coinciden en que, gracias a su esfuerzo, la región pudo avanzar en temas de igualdad y autogobierno. Su partida representa no solo una pérdida personal para sus allegados, sino también un momento importante para la historia política de Cataluña.
Hoy el nombre de Cuenca vuelve a resonar en el parlamento y en las calles de Barcelona. Es difícil sobreestimar su contribución al desarrollo de la región, y el ejemplo de su vida sigue inspirando a las nuevas generaciones de líderes. El tiempo dirá si los políticos actuales sabrán preservar y ampliar lo que ella inició hace tantos años.












