
En las calles de Ibiza y Palma de Mallorca cada vez son más visibles unas manchas oscuras que, a simple vista, parecen suciedad común. Sin embargo, se trata de restos de chicles que los transeúntes tiran directamente al suelo. Durante el último año, los ayuntamientos de estas ciudades se han enfrentado a un coste inesperadamente elevado para combatir este tipo de residuos.
En Ibiza, las autoridades locales han calculado que quitar solo un chicle del asfalto cuesta aproximadamente un euro. Si se suman todos los gastos, la cifra supera los 600.000 euros al año. En Palma de Mallorca la situación tampoco mejora: solo para limpiar un kilómetro del paseo marítimo se han destinado 50.000 euros. Y esto corresponde a una acción puntual, no a una limpieza regular.
El problema se agrava porque el chicle no se descompone de forma natural ni se puede reciclar, por lo que su eliminación exige el uso de equipos especiales que aplican agua caliente a presión. En Ibiza incluso se ha tenido que renovar la maquinaria para afrontar este desafío. En Palma de Mallorca, tras las obras del paseo marítimo, se decidió realizar una limpieza a fondo para recuperar el buen aspecto de las aceras. Sin embargo, la limpieza diaria resulta insuficiente: las manchas vuelven a aparecer una y otra vez.
Los ayuntamientos no se limitan solo a limpiar. En Ibiza se ha puesto en marcha una campaña de sensibilización dirigida tanto a vecinos como a visitantes. En los puntos más conflictivos — junto a colegios, paradas de transporte y grandes avenidas — se han instalado papeleras especiales para chicles. Ahora, tirar un chicle al suelo puede acarrear multas de hasta 2.000 euros. A pesar de estas medidas, erradicar el problema por completo sigue siendo complicado, aunque la cantidad de residuos ha disminuido ligeramente.
La acumulación de chicles en las calles no solo afea la imagen urbana, sino que también supone un riesgo para la salud. Estudios revelan que estos residuos pueden albergar bacterias peligrosas durante mucho tiempo. El problema se hace especialmente patente en zonas con alta concentración de bares y restaurantes, donde el flujo de personas es mayor. Las autoridades insisten en que la limpieza convencional no basta y que tomar medidas adicionales implica un gasto considerable.
Así, la lucha contra los chicles en las calles de Baleares se ha convertido en una carrera constante por la limpieza. Las autoridades se ven obligadas a equilibrar gastos, sanciones y campañas de concienciación. Por ahora, tanto residentes como turistas siguen dejando huellas difíciles de eliminar por sí solas.












