
En los últimos años, tanto en Madrid como en el País Vasco, se observa un cambio drástico: cada vez más jóvenes que optan por la Formación Profesional (FP) se ven obligados a acudir a centros privados. La razón es sencilla: las instituciones públicas no logran cubrir la creciente demanda. Como resultado, casi el 40% de los estudiantes de FP en estas regiones terminan en el sector privado, y en algunas otras autonomías este porcentaje ya supera ampliamente el 30%.
La situación es preocupante: el Estado no consigue crear nuevas plazas públicas al ritmo necesario, y los centros privados aprovechan rápidamente ese vacío. El problema se agudiza en las áreas con mayor demanda laboral, como la sanidad y sectores afines. En estos campos, la oferta de programas de los centros privados es amplia, mientras que resulta casi imposible encontrar plazas similares en la red pública.
El camino hacia una profesión
La Formación Profesional en España siempre se ha considerado una de las vías más fiables para acceder a un empleo estable. Cada vez más jóvenes apuestan por la FP con la esperanza de incorporarse pronto al mercado laboral. Sin embargo, la realidad es que los centros públicos no pueden absorber a todos los solicitantes. Al final, quienes no consiguen una plaza pública tienen que buscar alternativas entre la oferta privada.
En el País Vasco, la proporción de estudiantes de FP en centros privados ya supera el 43 %, y en Madrid se acerca al 38 %. En Cataluña, Andalucía, Aragón y Cantabria la situación es similar: más de un tercio de los alumnos paga por su formación. Sin embargo, en Canarias y Castilla-La Mancha el sistema público aún resiste, aunque también allí crecen los problemas de acceso y falta de plazas.
El precio de la formación
Estudiar en centros privados resulta costoso. En dos años, un estudiante debe desembolsar entre 1.500 y 12.000 euros. Para muchas familias, esta cifra resulta inasumible, especialmente en los ciclos más demandados y con mayor proyección. Así, el acceso a los mejores programas depende más del nivel de ingresos que de las capacidades o motivación.
La brecha es aún más evidente en las especialidades sanitarias: radiología, medicina nuclear, higiene bucodental, anatomía patológica. Estas formaciones son escasas en los centros públicos pero abundan en los privados. Al final, las profesiones más rentables quedan reservadas a quienes pueden permitirse pagar.
La trampa digital
Los colegios privados impulsan activamente los programas a distancia. A primera vista, esto resulta conveniente: se puede estudiar desde cualquier parte del país. Sin embargo, en la práctica, los jóvenes que no logran ingresar a los colegios públicos a menudo terminan en la modalidad online no por elección propia, sino por la falta de plazas. Esto genera nuevos riesgos: escaso acompañamiento, limitadas oportunidades de prácticas y alta tasa de abandono. La situación es especialmente difícil para los estudiantes de zonas rurales, donde ya de por sí hay pocas opciones educativas.
La educación a distancia, contrariamente a lo esperado, no siempre es una salvación. Para muchos es una medida obligada, no una elección consciente. Como resultado, se acentúa la brecha entre la ciudad y el campo, entre quienes pueden permitirse la modalidad presencial y quienes deben conformarse con clases online.
Doble rasero
Todo esto lleva a la formación de dos sistemas paralelos: uno público, saturado y limitado en sus opciones, y otro privado, que lo tiene todo, pero no es para todos. Así, el mercado educativo cada vez se parece más al de los bienes de lujo: los mejores programas solo están al alcance de unos pocos elegidos.
Mientras el Estado no incremente la cantidad de plazas subvencionadas ni amplíe la oferta académica, la situación difícilmente cambiará. Los jóvenes seguirán buscando soluciones alternativas y la desigualdad social continuará creciendo. El tema del acceso a la educación se vuelve cada vez más urgente, y la respuesta aún no ha sido encontrada.












