
Paco Salazar, natural de Montellano (Sevilla), de 57 años, se ha visto envuelto en un sonado escándalo que ha sacudido los cimientos del Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Todo comenzó cuando dos trabajadoras de su equipo en la residencia del presidente del Gobierno lo acusaron de acoso sexual y abuso de autoridad. El partido quedó en estado de shock tras conocer los hechos. Las mujeres denunciaron un comportamiento inaceptable: según relataron, Salazar solía hacer gestos explícitos y comentarios humillantes. Tras la publicación de estas acusaciones, Salazar presentó de inmediato su dimisión y abandonó el partido.
Este hecho fue la gota que colmó el vaso dentro del PSOE, especialmente después de una serie de escándalos recientes protagonizados por figuras destacadas de la formación. Salazar, llamado a asumir un puesto clave en la dirección federal, desapareció de la vida pública de un día para otro. Sus colaboradores más cercanos aseguran que niega rotundamente las acusaciones, pero ha optado por no defenderse en público y se ha apartado del foco mediático. El día en que la noticia se hizo pública, su amigo y exalcalde de Jun, José Antonio Rodríguez Salas, lo llevó en coche desde Madrid hasta su residencia en Dos Hermanas. Desde entonces, Salazar no responde a llamadas, no aparece en público y evita cualquier contacto con la prensa.
Camino al poder
Antes del escándalo, Salazar era considerado una figura que había recorrido un largo camino, desde alcalde de una pequeña localidad hasta convertirse en persona de confianza del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Su carrera comenzó en Montellano, donde ocupó el cargo de alcalde hasta 2008. Posteriormente, trabajó en diferentes organismos: en el gobierno de Andalucía, en la empresa municipal Emasesa de Sevilla y después fue contratado en el hipódromo de Dos Hermanas a través del servicio de empleo local. Fue allí donde forjó una estrecha relación con Quico Toscano, un influyente socialista y aliado de Sánchez.
En 2012, Salazar empezó a trabajar en la administración de Dos Hermanas, donde permaneció hasta 2017. Durante este período, él y Toscano fueron objeto de una denuncia presentada por el partido VOX, bajo sospecha de malversación, tráfico de influencias e irregularidades administrativas. Sin embargo, las autoridades municipales aseguraron que Salazar había utilizado permisos legales y días libres para participar en la campaña electoral de Sánchez. Cuando Sánchez decidió volver a postularse como secretario general del PSOE, Salazar se convirtió en uno de sus principales colaboradores, organizando la campaña y coordinando el trabajo con activistas en todo el país.
Conflictos internos
Tras la victoria de Sánchez en las primarias de 2017, Salazar obtuvo un puesto en la sede central del partido en la calle Ferraz. Allí rápidamente ganó protagonismo, especialmente tras conocer al consultor político Iván Redondo. Juntos se dedicaron al análisis de datos y a la elaboración de estrategias para el partido. Sin embargo, esta cercanía generó tensiones con otras figuras influyentes como José Luis Ábalos y Santos Cerdán, así como con Adriana Lastra.
Con la llegada de Sánchez al poder tras la exitosa moción de censura, Salazar, junto con Redondo, se trasladó a trabajar a la residencia del presidente del Gobierno. Allí diseñaron tanto aciertos como errores políticos, incluyendo las repetidas elecciones de 2019 y la campaña en Madrid de 2021. En 2021, tras una nueva remodelación en el Ejecutivo, Salazar abandonó Moncloa y se mantuvo un tiempo alejado, trabajando en el hipódromo de La Zarzuela. Sin embargo, al cabo de un año, Sánchez lo reincorporó al equipo y lo nombró responsable de planificación política.
Reputación y relaciones
Dentro del partido, Salasar era considerado una persona en quien Sánchez confiaba plenamente. Era uno de los pocos con acceso directo al presidente del Gobierno y podía tratar cualquier asunto con él. Sus colegas destacaban su dedicación y entrega, pero también señalaban la envidia y las tensiones que generaba su cercanía con la cúpula. Las opiniones sobre su valía profesional diferían: algunos lo veían como un analista mediocre, mientras que otros lo consideraban un estratega talentoso, capaz de procesar datos y sacar conclusiones rápidamente.
En el equipo de Salasar llamaban la atención sus peculiares rituales: por ejemplo, el día de las elecciones lanzaba una moneda para animar a sus compañeros, pero nunca miraba el resultado. Sin embargo, tras la fachada de profesionalidad, también había otras facetas: muchos recordaban su temperamento fuerte, declaraciones tajantes y una actitud ambigua hacia sus subordinados, especialmente las jóvenes. Algunos empleados relataron situaciones en las que hizo bromas fuera de lugar e incluso mostró un comportamiento abiertamente grosero.
Las consecuencias del escándalo
Las acusaciones contra Salasar supusieron un duro golpe para el PSOE, especialmente tras otros escándalos recientes. Su repentina dimisión y salida del partido provocaron una fuerte reacción tanto entre sus compañeros como en la opinión pública. Muchos se preguntan cómo una persona con ese pasado y reputación pudo alcanzar un cargo tan alto en el entorno del primer ministro. Dentro del partido siguen los debates y la búsqueda de respuestas, mientras Salasar ha preferido desaparecer del foco público, sin hacer declaraciones ni intentar justificarse.












