
En Barajas, uno de los barrios de Madrid, las noches inquietantes han reemplazado a las tardes tranquilas. Cansados de esperar cambios, los vecinos han empezado a hacerse cargo de la seguridad por su cuenta. Todo comenzó con la ocupación ilegal de una vivienda, tras lo cual el barrio cambió drásticamente para peor. Ahora, los residentes se ponen chalecos reflectantes, se agrupan en pequeños grupos y salen a las calles para acompañar a los niños o simplemente pasear al perro. El ambiente se asemeja más a una autodefensa improvisada que a una convivencia pacífica.
La aparición de estas patrullas no es simplemente una reacción al miedo. Es un intento de recuperar la sensación de seguridad cuando parece que las autoridades no logran controlarla. Sin embargo, junto a esto surge otro peligro: cuando los vecinos asumen funciones que corresponden al Estado, es fácil cruzar la línea entre proteger y acosar. Los que antes eran vecinos empiezan a sospechar unos de otros, y cualquier desconocido se convierte en objeto de vigilancia. La sospecha se transforma rápidamente en desconfianza, y la desconfianza, en estigmatización.
Cada vez se oye más la palabra “inseguridad”, que justifica nuevas formas de control. La gente empieza a pensar que solo su intervención puede cambiar la situación. Pero cuando todos se convierten en guardianes del orden, desaparece la presunción de inocencia y las decisiones se toman bajo el impulso de las emociones. Un error en este sistema puede tener un coste muy alto, tanto para las personas como para toda la comunidad.
En lugar de reforzar la policía o agilizar los procesos judiciales, las autoridades parecen haber aceptado que los propios vecinos defenderán sus hogares. Esto genera una doble crisis: el Estado pierde la confianza ciudadana y los habitantes se ven obligados a asumir responsabilidades ajenas. Como resultado, el orden no se restaura, sino que se diluye. En vez de cohesión surge la desunión, y la seguridad se reemplaza por un nuevo nivel de riesgo.
En Barajas ahora se escuchan no solo voces de descontento, sino también ecos de problemas sistémicos. Los vacíos dejados por las estructuras estatales se llenan con iniciativas que pueden convertirse en una amenaza aún mayor. Sin instituciones funcionales y reglas claras, incluso las mejores intenciones pueden derivar en consecuencias imprevisibles. La seguridad no se construye con patrullas nocturnas ni chalecos visibles: solo es posible allí donde el Estado cumple con sus responsabilidades.












