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Viaje otoñal a los Pirineos Catalanes: la ruta ideal para tres días

La joya oculta de los Pirineos: dónde escapar del bullicio este otoño

Descubre el valle de Vall de Boí. Aquí te esperan lagos glaciares y cascadas de más de 50 metros de altura. Un lugar ideal para los amantes de la naturaleza y la tranquilidad.

En uno de los rincones más recónditos de los Pirineos catalanes, en el valle de Vall de Boí, se esconde un lugar donde el tiempo parece haberse detenido. Se trata de Erill la Vall, un pequeño pueblo que custodia uno de los conjuntos de arquitectura románica más significativos de toda la península pirenaica. Al llegar aquí, se percibe cómo el mundo moderno, con su ruido y velocidad, queda muy atrás, dando paso a la serenidad secular de las montañas y la piedra.

El centro neurálgico y verdadero corazón de la localidad es la iglesia de Santa Eulàlia, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Su esbelta torre campanario de seis niveles parece tocar el cielo, siendo testigo silencioso de la fuerza y fe con que el estilo románico echó raíces en estas tierras ásperas durante los siglos XI y XII. En el interior del templo, a los visitantes les recibe una copia del célebre grupo escultórico “Descendimiento de la Cruz”. Las figuras originales se conservan cuidadosamente en el Museu Nacional d’Art de Catalunya y el Museu Episcopal de Vic, pero incluso la réplica permite apreciar el talento de los tallistas medievales y comprender por qué esta basílica, modesta en apariencia, se convirtió en un punto clave para el estudio del arte catalán.

Pero Erill la Vall no es solo su famosa iglesia. Todo el pueblo ha conservado su auténtico aspecto medieval: calles empedradas que serpentean entre casas de piedra con balcones de madera y tejados de pizarra oscura, capaces de resistir durante siglos los duros inviernos pirenaicos. Apenas viven aquí un centenar de personas, lo que aporta al lugar un aire habitado y no de museo, confiriéndole un encanto especial. La historia y las tradiciones no son aquí meras piezas de exposición, sino parte integral de la vida cotidiana, entrelazadas de forma inseparable con el majestuoso paisaje alpino.

El valle está atravesado por el río Noguera de Tor, que abre paso a densos bosques de abetos y hayas, así como a prados de alta montaña. A pocos pasos del centro del pueblo se encuentra uno de los accesos al único parque nacional de Cataluña: Aigüestortes i Estany de Sant Maurici. Para quienes prefieren paseos sencillos, hay una ruta popular que une Boí y Erill la Vall. Es solo un kilómetro de recorrido por un pintoresco sendero que cruza el río por un antiguo puente. Este paseo ofrece la oportunidad única de ver de una vez dos templos incluidos en la lista de la UNESCO.

Cada año, el último jueves de agosto, Erill la Vall cobra vida gracias a una antigua tradición que va mucho más allá de una simple fiesta. Es la “Noche de la Luz” (Nit de la Llum). Al caer la noche, más de diez mil velas se encienden en calles, plazas, balcones y ventanas, sustituyendo por completo la iluminación eléctrica. El pueblo se sumerge en una atmósfera mágica de luz suave y sombras caprichosas, creando un espectáculo inolvidable en el que participa toda la comunidad local.

La gastronomía de Erill la Vall es la quintaesencia de la vida de alta montaña. Recetas nacidas de la tierra y el río, carnes de los pastos pirenaicos, embutidos artesanales y quesos madurando lentamente en la frescura. Para descubrir su sabor, basta con sentarse en un restaurante local y pedir un estofado de ternera con setas silvestres, acompañarlo con una copa de vino de la región de Costers del Segre y terminar con requesón y miel de montaña. Es una cocina sencilla, pero increíblemente rica y auténtica.

Llegar a este mundo perdido no es tan complicado. La forma más cómoda es en coche: desde Barcelona, por la autopista A-2 hasta Lérida, luego por la N-230 hasta El Pont de Suert, desde donde la carretera L-500 lleva directamente al valle. Un pequeño desvío y ya estará en el destino. También hay conexión de autobús desde Lérida y Barcelona hasta El Pont de Suert, donde se puede tomar una línea local. El corto verano y el fresco y colorido otoño hacen que septiembre sea uno de los mejores meses para descubrir este lugar único, donde el patrimonio, los paisajes y la tranquilidad se fusionan en un solo conjunto.

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