
En Palma, cada vez más personas se ven obligadas a vivir en autocaravanas porque no les queda otra opción. El motivo es sencillo: el precio del alquiler ha superado hace tiempo los límites de lo asequible para la mayoría. Entre quienes se encuentran en esta situación está Begoña, de 61 años. Trabaja en un aparcamiento municipal, pero ni siquiera un empleo estable le permite alquilar un piso. Su hogar son cuatro metros cuadrados sobre ruedas, donde se siente segura e independiente.
Las autoridades municipales han decidido endurecer la normativa: ahora, pasar la noche en una autocaravana en la vía pública puede acarrear multas de hasta 1.500 euros. Esta medida ha provocado malestar entre quienes, por necesidad, viven en estas condiciones. Las asociaciones de propietarios de autocaravanas consideran que estas medidas son ilegales y confían en que el Ayuntamiento dé marcha atrás. En abril la cuestión se someterá a votación en el pleno municipal.
Quienes viven en autocaravanas lo admiten: sueñan con tener un hogar de verdad, y no con luchar a diario contra la amenaza de las multas. Jubilados con ingresos mínimos, como Jesús, de 76 años, ni siquiera pueden permitirse una habitación. Proponen que las autoridades habiliten zonas de aparcamiento temporal hasta que surjan soluciones reales al problema de la vivienda. Begoña recuerda un solar vacío donde se planea construir un nuevo juzgado, y piensa que podría utilizarse, aunque sea provisionalmente, como área para autocaravanas.
Los estudios muestran que entre los habitantes de autocaravanas hay muchos jóvenes extranjeros con empleo estable, pero sin posibilidad de alquilar o comprar una vivienda. Enrique, ayudante de cocina, resalta que las autoridades no resuelven el problema, sino que solo intentan aumentar el presupuesto a base de multas. Algunos residentes se ven obligados a ocultar su identidad y ni siquiera pueden mover su casa por miedo a sanciones.
Para evitar ser multados, los propietarios de autocaravanas pegan en las ventanas extractos del código de circulación que permiten aparcar siempre que no se acampe. Aun así, el ambiente en estas comunidades sigue siendo amable: la gente se apoya mutuamente, comparte experiencias y ayuda a los recién llegados. Muchos creen que compartir una habitación con desconocidos no es una opción, mientras que tener un espacio propio, aunque sea sobre ruedas, les da dignidad.
El problema va más allá de las autocaravanas: en Palma hay personas que duermen en coches o incluso en la playa. Thomas, un francés de 37 años, está convencido de que la raíz del problema es la falta de vivienda asequible, no los propios habitantes de las autocaravanas. Insta a las autoridades a buscar soluciones reales y no limitarse a combatir las consecuencias. Por ahora, para muchos, la autocaravana sigue siendo la única manera de conservar la independencia y no acabar en la calle.












