
Sumérgete en la España Verde
El norte de España, conocido como la “España Verde”, esconde innumerables rincones apenas tocados por el turismo de masas. Uno de ellos es el diminuto pueblo de Lamina, perdido en el municipio de Ruente. Forma parte del vasto parque natural Saja-Besaya, declarado reserva de la biosfera por la UNESCO. Aquí el tiempo transcurre de otra manera. Las casas de piedra cubiertas de musgo, las callejuelas tranquilas donde aún es costumbre saludar a cada persona que pasa, te hacen sentir como si estuvieras viajando al pasado. El aire está impregnado de calma y olor a tierra húmeda. Desde aquí comienza una ruta de senderismo que promete sorprender incluso al viajero más experimentado. No es solo una excursión, sino una oportunidad de descubrir la vida auténtica de la región, donde naturaleza y ser humano siguen conviviendo en armonía.
Tras las huellas de los espíritus del bosque
El sendero comienza de manera discreta, invitándote a adentrarte en el hayedo. Un camino bien señalizado serpentea junto al rumoroso río Cambillas, cuyo susurro te acompaña durante todo el trayecto. Primero atraviesas prados abiertos donde pastan vacas, y luego te sumerges en un bosque denso impregnado de olor a setas y hojas húmedas. Los rayos de sol apenas logran filtrarse entre las copas cerradas de los árboles centenarios, creando un curioso juego de luces y sombras en el suelo. El recorrido también puede iniciarse en el cercano pueblo de Barsenillas, situado a apenas un par de kilómetros. En ese caso, la senda discurre en paralelo al arroyo, cruzándolo por pintorescos puentes, a veces naturales, formados por troncos caídos. El paisaje cambia constantemente: los robledales dan paso a castañares y estos, a plantaciones de eucaliptos. En primavera, todo se cubre de un verde vibrante; en otoño, el bosque se transforma en un palacio dorado del que cuesta apartar la mirada. Entre las ramas revolotean siempre petirrojos y pinzones, y con algo de suerte, al amanecer podrás ver algún corzo o incluso un jabalí.
El Tesoro de Úrsula
Poco a poco, el sonido del agua se intensifica hasta convertirse en un murmullo profundo. Es la señal de que el destino está cerca. Las cascadas de Laminha, a las que los lugareños a veces llaman los saltos de Ursula, aparecen de repente, como si brotaran de la tierra. No son una sola corriente poderosa, sino una sucesión de pequeños hilos de agua que descienden por rocas cubiertas de musgo esmeralda. El agua ha abierto su propio camino en la piedra, formando bañeras y terrazas caprichosas. El verdor lo inunda todo, fundiéndose con la roca y el agua y dibujando un paisaje de belleza virgen. El lugar parece mágico, apartado, salido de las páginas de antiguas leyendas celtas. Apetece sentarse sobre una piedra y simplemente escuchar la música del agua al caer, contemplando cómo brilla bajo el sol. Es el sitio perfecto para un pequeño picnic y para descansar antes del camino de regreso, un remanso de energía en el que desconectar por completo y olvidarse del ajetreo urbano.
Consejos prácticos y alrededores
Toda la caminata de ida y vuelta suma unos siete u ocho kilómetros y, caminando a paso tranquilo, no te llevará más de tres o cuatro horas. El desnivel es de apenas cien metros, lo que hace esta ruta apta para personas de cualquier condición física e incluso para niños pequeños, que disfrutarán del bosque de cuento de hadas. La forma más cómoda de llegar a Lamiña es en coche por la autopista A-8 hasta la salida hacia Cabezón de la Sal, y desde allí tomar la carretera CA-180 en dirección a Reinosa. Las señales hacia Ruente y Lamiña te guiarán sin dificultad. Tras la excursión, merece la pena dedicar tiempo a explorar los alrededores. Muy cerca se encuentra la Fuente de Ruente, un manantial natural de agua cristalina, así como la ermita de San Fructuoso, un vestigio medieval del antiguo monasterio visigodo que dio origen al pueblo. Estos lugares de interés completan a la perfección la experiencia de un día en uno de los rincones más auténticos y tranquilos de Cantabria.












