
En la frontera entre los Pirineos y el Prepirineo se extiende un parque natural que, con la llegada del otoño, se transforma en una auténtica paleta de artista. Se trata de Cadí-Moixeró, una sierra que actúa como barrera natural entre las comarcas de Berguedà, la Cerdanya y el Alt Urgell. Aquí los hayedos y los pinares rojizos se iluminan con cálidos matices, creando paisajes impresionantes entre prados alpinos y picos escarpados. La historia geológica de este lugar supera los quinientos millones de años y su flora alberga más de 1.400 especies de plantas. El símbolo del parque es el pico negro, una de las muchas especies que habitan en este enclave protegido.
Rutas para los amantes de la aventura
Para muchos viajeros, la primera impresión del parque suele ser su máxima seña de identidad: la montaña de Pedraforca. Su inconfundible silueta bicéfala se ha convertido en un símbolo del alpinismo catalán. La ascensión al collado de Enforcadura, que une ambas cumbres, exige buena forma física y extrema precaución, especialmente en la bajada. Quienes prefieran rutas menos exigentes, pueden optar por el sendero circular a los pies de la montaña, que ofrece vistas sobre la pared caliza del Cadí y permite descansar en el refugio Lluís Estasen. Para adentrarse en la historia del valle, puede recorrerse el “Camino de los Segadores” (PR-C-124), una travesía de 29 kilómetros que requiere entre 7 y 9 horas y cruza el collado de Pas dels Gosolans a 2.426 metros de altitud. Y para los senderistas más experimentados existe un verdadero reto: la ruta “Caballos del Viento”, 84 kilómetros de recorrido, 5.600 metros de desnivel acumulado, que enlaza ocho refugios de montaña. También hay una versión ciclista de este circuito, con una longitud de 225 kilómetros.
El reino de la vida salvaje
La biodiversidad de Cadi-Moixeró es impresionante. En sus bosques y prados de alta montaña se pueden encontrar rebecos pirenaicos, corzos y jabalíes. Entre las especies más singulares destacan la perdiz pardilla y el treparriscos. Los acantilados rocosos son el hogar de grandes rapaces como el águila real, el halcón peregrino y el quebrantahuesos, que surcan el cielo con majestuosidad. Los arroyos y ríos de montaña están llenos de truchas, y en sus aguas frías vive la salamandra pirenaica, un endemismo único. Cuevas como Fu-de-Bor sirven de refugio a colonias de murciélagos y diminutos invertebrados, perfectamente adaptados a la vida en la oscuridad total. Cada rincón del parque tiene su propio ritmo, formando un ecosistema complejo y frágil.
Panorámicas, historia y turismo sostenible
Las impresionantes vistas son otra razón para visitar el parque. Uno de los mejores miradores, el “Niu de l’Àliga” (Nido del Águila), se encuentra a 2.510 metros de altura y ofrece una panorámica de 360 grados. En temporada sin nieve, se puede acceder fácilmente en funicular desde La Molina y descender caminando o en bicicleta. Las noches de luna llena, con el cielo cubierto de miles de estrellas, son especialmente inolvidables. Otro lugar igualmente pintoresco es el prado Prat de Cadí, un antiguo lago glaciar desde donde se disfruta la vista clásica de la pared norte del macizo. Se llega desde el pueblo de Estana. Además de la belleza natural, el parque presume de un rico patrimonio cultural. Todo su territorio está atravesado por una red de antiguos caminos que en su día recorrían arrieros y pastores. También se conservan monumentos del románico, como la iglesia de Santa Maria de Talló. Actualmente, el parque impulsa activamente el turismo responsable bajo la marca “Pirineus Barcelona” y cuenta con el certificado Biosphere, lo que garantiza a los visitantes rutas bien trazadas y señalizadas.












