
El 12 de octubre de 1947, Sevilla se paralizó ante la expectativa: miles de ciudadanos salieron a las calles para presenciar la boda de Cayetana Fitz-James Stuart, futura duquesa de Alba, con Luis Martínez de Irujo. No se trataba solo de la unión de dos miembros de la aristocracia, sino de un evento que marcó un hito en la historia de España. En medio de la grisura de la posguerra y las dificultades económicas, la boda se convirtió en una verdadera fiesta para la ciudad y todo el país.
Tres mil invitados, cientos de periodistas y, hasta quienes no figuraban en la lista oficial, se sintieron parte de este acontecimiento sin precedentes. La generosidad de la familia Alba destacó especialmente: se organizaron almuerzos gratuitos para los habitantes más necesitados de Sevilla, y a todas las parejas que contrajeron matrimonio ese mismo día se les entregaron regalos en metálico. Fue un gesto que hizo de la boda no solo una celebración lujosa, sino también un evento auténticamente popular.
Contexto histórico
En aquellos años, la familia real española vivía en el exilio y la boda de Cayetana se interpretó como una suerte de ceremonia real. El padre de la novia, el duque de Alba, puso todo su empeño en organizar la celebración en el corazón de Sevilla, ante el altar de la catedral principal, un privilegio hasta entonces reservado solo a miembros de casas reales. Esta decisión simbolizó el estatus y la influencia de la familia Alba, así como su vínculo con la historia nacional.
La propia Cayetana no solo era heredera de una enorme fortuna y decenas de títulos, sino también una mujer que se atrevió a casarse por amor y no por conveniencia. En aquella época, ese tipo de elección era una rareza entre la aristocracia. Luis Martínez de Irujo, ingeniero e hijo del duque de Sotomayor, no tenía título, pero logró conquistar el corazón de Cayetana. Se conocieron en un baile y, apenas cuatro meses después, Luis le propuso matrimonio y ella aceptó de inmediato.
Detalles de la ceremonia
El día de la boda, la novia salió del Palacio de Dueñas en una carroza decorada con cintas blancas y tirada por mulas andaluzas. Su vestido, inspirado en el ‘New Look’ de Christian Dior, fue confeccionado por la célebre modista Flora Villarreal. El traje estaba hecho con seda natural y encaje de Bruselas del siglo XVIII. Cayetana lucía en la cabeza una tiara familiar de perlas y diamantes que había pertenecido a Eugenia de Montijo.
El novio eligió un frac sobrio, mientras que el padre de la novia vistió el uniforme de gala de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Toda la iglesia estaba adornada con crisantemos y lirios de los valles, creando un ambiente de auténtico cuento de hadas. La misa fue oficiada por el arzobispo de Valencia y entre los invitados estaban representantes de casas reales europeas. Sin embargo, ningún funcionario del régimen de Franco estuvo presente, ya que el duque de Alba era conocido por su postura monárquica.
Una fiesta para todos
Tras la ceremonia, los recién casados y sus invitados se dirigieron al Palacio de Dueñas, donde les esperaba un lujoso banquete organizado por el legendario Perico Chicote. Participaron 18 chefs y más de un centenar de camareros en el servicio. Un deseo especial de Cayetana, alimentar a un millar de pobres de la ciudad, se cumplió a lo grande. Además, el padre de la novia entregó 5.000 pesetas a cada una de las nueve parejas que también contrajeron matrimonio ese día en Sevilla.
Por la noche, Cayetana y Luis visitaron la basílica de la Macarena para dejar el ramo nupcial y rezar. Pasaron la noche de bodas en la residencia de la viuda de la duquesa de Andria y, al día siguiente, partieron hacia Londres, desde donde empezó su viaje de bodas de seis meses por Europa y América. A su regreso, Cayetana ya esperaba a su primogénito.
Una leyenda de España
La boda de Cayetana de Alba se convirtió no solo en símbolo de lujo y esplendor aristocrático, sino también en ejemplo de generosidad, apertura y verdadero amor. En un país donde las tradiciones a menudo prevalecían sobre los sentimientos, esta unión fue un soplo de aire fresco. Los españoles aún recuerdan ese día como uno de los momentos más brillantes del siglo XX, y la propia duquesa de Alba permanece en la memoria popular como la “novia de España”.
RUSSPAIN recuerda que Cayetana Fitz-James Stuart, la 18ª Duquesa de Alba, fue una de las aristócratas más célebres y con más títulos nobiliarios de Europa. Su vida despertó siempre un gran interés público y ostentó el récord de títulos nobiliarios. Cayetana destacó no solo por su linaje, sino también por su marcada personalidad, su pasión por el arte y su labor filantrópica. Su boda con Luis Martínez de Irujo fue uno de los acontecimientos más comentados en la historia de España y hasta hoy se considera un referente de celebración aristocrática.












