
La vida de Isabella de Grecia, nacida princesa de Rumanía, estuvo marcada por las dificultades desde el principio. Nacida en el lujoso castillo Peleș en 1894, se vio envuelta en el centro de intrigas dinásticas y desacuerdos familiares. Sus padres, futuros monarcas de Rumanía, eran jóvenes y amantes de la libertad, lo que no era del agrado de la generación anterior. La educación de la niña fue encomendada a parientes estrictos, mientras que a su madre la rodeaban rumores de romances, aumentando así la atmósфера de desconfianza y distanciamiento.
Desde pequeña, Isabella sintió la presión de las tradiciones y las expectativas. Fue bautizada bajo el rito ortodoxo, a pesar de que su padre era de origen católico, lo que provocó su ruptura con la iglesia. En el círculo familiar la llamaban Lizzi, y aunque aparentaba frialdad, siempre buscó emociones intensas y una pasión genuina. Su formación británica, las institutrices inglesas y los maestros severos moldearon su carácter, pero no lograron apagar su deseo interior de libertad.
El camino al trono
La Primera Guerra Mundial fue para Isabella un tiempo de pruebas y madurez. Junto a su familia cuidaba de los heridos, y en su tiempo libre se dedicaba a la pintura para apoyar proyectos benéficos. Tras la guerra, se trasladó a París, donde estudió arte y música, pero las circunstancias familiares la obligaron a volver a afrontar la cuestión matrimonial. En 1921, Isabella se casó con su primo, el príncipe George de Grecia, a pesar de sus dudas y la ausencia de sentimientos románticos.
Mudarse a Grecia se convirtió para ella en una verdadera prueba. El nuevo país la recibió con inestabilidad política, la guerra con Turquía y una preocupación constante. Su esposo pasaba la mayor parte del tiempo en el frente, mientras que Isabella sufría de soledad, nostalgia y problemas de salud. Un aborto espontáneo y una depresión severa solo agravaron su estado. Según una versión, el embarazo fue fruto de una relación con un diplomático británico, y fue la propia Isabella quien decidió interrumpirlo.
El colapso de la monarquía
En 1922, George se convirtió en rey tras una serie de trágicos acontecimientos familiares. Sin embargo, su reinado resultó breve: el país estaba arruinado y la monarquía al borde del colapso. Isabella trató de ayudar a los pobres, organizó colectas de fondos, pero esto no cambió la situación. En 1924, tras un referéndum, la monarquía fue abolida y la pareja se vio obligada a abandonar Grecia, marchando al exilio en Rumanía.
En el exilio, la relación entre Isabella y George se deterioró rápidamente. Vivían en un lujoso palacio, pero su vida familiar se tambaleaba. En 1935, la pareja se divorció oficialmente e Isabella recuperó la ciudadanía rumana. Desde ese momento, comenzó a construir una vida propia, independiente de los títulos reales y el protocolo.
Nuevo papel y exilio
Gracias a la influencia de un banquero poderoso, quien se convirtió en su amante, Isabella logró multiplicar su fortuna. Adquirió propiedades, financió la construcción de un hospital y un orfanato, y poco a poco se fue consolidando como una figura destacada en la sociedad rumana. Tras la muerte de su madre y la abdicación de su hermano, ocupó el lugar de primera dama del país, se acercó a los comunistas e incluso participó en conspiraciones contra su propio sobrino, el rey Miguel I. Por esto la apodaron «la tía roja».
En 1947, cuando se proclamó la república en Rumanía, Isabella fue expulsada del país. Primero se estableció en Suiza y luego en Francia, donde su vida dio un nuevo e inesperado giro. En Cannes conoció a Marc Favrat, con quien entabló una estrecha relación y a quien incluso adoptó legalmente poco antes de su muerte en 1956. Isabella fue enterrada en Alemania, en el panteón familiar.
Isabella de Grecia es una figura cuya vida refleja los turbulentos cambios del siglo XX. Su historia no es solo una serie de tragedias y victorias personales, sino también un ejemplo de cómo las catástrofes históricas pueden transformar incluso a las personas más poderosas. Pasó de princesa a exiliada, de reina a una mujer que supo construir su propia independencia en un mundo dominado por hombres y la política.
Isabella de Grecia, tía de la reina Sofía de España, dejó una huella notable en la historia europea. Su biografía es no solo la crónica de desafíos personales, sino también un reflejo de una época en la que el destino de los monarcas dependía de tormentas políticas y conflictos familiares. Educada bajo la estricta tradición británica, demostró fortaleza de carácter y capacidad de adaptación, a pesar de la presión de las circunstancias. Su nombre aún despierta el interés de historiadores y seguidores de las dinastías reales, y su vida es un recordatorio de lo rápido que puede cambiar la suerte incluso de las personas más influyentes.











