
A tan solo una hora de la bulliciosa capital catalana, donde el ritmo nunca se detiene, existe un mundo que vive según sus propias leyes. Con la llegada del otoño, este lugar se transforma, dejando atrás el verdor del verano y vistiéndose de tonos dorados y rojizos. Se trata de Montnegre y Corredor, una extensa zona protegida que actúa como el pulmón verde de la densamente poblada costa. A diferencia de su vecino más conocido y concurrido, el macizo del Montseny, este enclave ha conservado su silencio original y su aislamiento, ofreciendo refugio a quienes buscan la belleza virgen y la posibilidad de perderse entre árboles centenarios sin alejarse de la civilización.
Pulmones verdes a un paso de la metrópoli
Con una superficie de unas 15.000 hectáreas, el área se extiende entre las comarcas de Maresme y Vallès Oriental, formando parte de la cordillera litoral. La zona comprende dos macizos de carácter diferente. Al norte se alza el severo y majestuoso Montnegre, cuyos picos alcanzan los 750 metros y están cubiertos de densos bosques de castaños y robles. La parte sur, Corredor, es más suave y acogedora, con colinas onduladas y pinares, coronada por el santuario homónimo. El aire húmedo, impregnado de aromas a tierra mojada y resina, crea las condiciones ideales para el crecimiento de setas, convirtiendo cada sendero en una potencial aventura de descubrimientos. Aquí, lejos de las multitudes, se puede disfrutar plenamente del proceso de recolección, que para muchos lugareños es mucho más que un simple pasatiempo: es todo un ritual.
Tras los pasos de los rovellons entre robles y pinos
Los bosques de la zona obsequian generosamente a sus visitantes. Los recolectores experimentados encuentran aquí especies tan valiosas como los rovellons, carlets o fredolics, típicos de la costa mediterránea. Una red de rutas bien señalizadas permite explorar los rincones más recónditos. Se puede optar por un paseo fácil por suaves laderas, ideal para toda la familia, o emprender una caminata más desafiante que recompensará al viajero con impresionantes vistas panorámicas. Desde las cumbres se despliegan paisajes sorprendentes: por un lado, la inmensidad azul del mar Mediterráneo; por el otro, la silueta imponente de las montañas. Es el lugar perfecto no solo para recolectar delicias silvestres, sino también para practicar senderismo y fotografía, donde cada recodo del camino revela un nuevo paisaje digno de ser inmortalizado.
Un viaje en el tiempo: de los dólmenes a las iglesias románicas
Además de su riqueza natural, esta tierra conserva un valioso patrimonio histórico. Pasear por sus senderos es adentrarse en siglos de historia. Entre los monumentos más antiguos destacan los dólmenes megalíticos de Pedra-Gentil y Ca l’Arenes, testigos silenciosos de cultos prehistóricos. En la cima de la colina de El Castell pueden verse las ruinas de un asentamiento íbero. La Edad Media dejó su huella en forma de las iglesias románicas de Sant Cristòfol y Sant Martí de Montnegre, construidas en el siglo XI. Todo el paisaje está salpicado de más de doscientas masías tradicionales catalanas hechas de piedra. Muchas de ellas han cobrado nueva vida y ahora son acogedores hoteles rurales o restaurantes que participan en el programa “Parc a taula”. Esta iniciativa promueve la cocina local basada en productos de temporada cultivados en la zona, conectando a los visitantes con el entorno natural a través de sus sabores.
No solo recogida de setas: otras actividades en la reserva natural
Llegar aquí desde Barcelona es muy fácil. Los trenes de cercanías R1 y R2 llevan hasta localidades como Arenys de Mar o Sant Celoni, puntos de partida de muchas rutas. También hay conexión en autobús. En coche, la forma más sencilla es por las autopistas C-32 o AP-7. Pero este lugar ofrece mucho más que la oportunidad de llenar la cesta. Durante todo el año se organizan talleres educativos, visitas teatralizadas y programas especiales como “Viu el parc” o “Poesia als parcs”. Entre los lugares imprescindibles se encuentran el valle de Olzinelles, el santuario del Corredor, el antiguo pozo de hielo de Canyamars y la diminuta aldea de Sant Martí de Montnegre, donde parece que el tiempo se ha detenido, recordándonos que muy cerca de la gran ciudad todavía existen rincones de auténtica tranquilidad.











