
A menos de dos horas en coche del bullicioso corazón de la capital española, entre valles fluviales y los silenciosos prados de la comarca de la Alcarria, se esconde un lugar capaz de sorprender incluso al viajero más experimentado. No se trata simplemente de ruinas, sino de un complejo monumental envuelto en un aura de misterio y casi total olvido. A diferencia de otros monasterios más conocidos de la provincia de Guadalajara, como Monsalud o Bonaval, aquí la experiencia es completamente distinta: una inmersión en la historia, en soledad, sin el bullicio turístico, rodeado de naturaleza y piedras centenarias. Es una ruta perfecta para quienes buscan descubrimientos culturales fuera de lo común cerca de Madrid.
Se trata del monasterio de Santa María de Ovila, ubicado en tierras del municipio de Trillo. Este antiguo monasterio cisterciense fue fundado en el lejano año 1175 por voluntad del rey de Castilla Alfonso VIII. El monarca perseguía un doble objetivo: fortalecer la influencia religiosa y favorecer la repoblación de un estratégico valle del Alto Tajo. La construcción, iniciada a finales del siglo XII, dio forma a un complejo majestuoso que, en su época dorada, rivalizaba con otros grandes centros de la orden. Hoy, aunque de aquel esplendor solo quedan fragmentos, el lugar conserva un enorme valor histórico y está protegido por el Estado como bien de interés cultural.
Grandeza y olvido
Originalmente, el conjunto arquitectónico incluía una amplia iglesia, un claustro interior, celdas monacales y numerosas dependencias auxiliares necesarias para la vida autónoma de la comunidad. La primera iglesia, construida en la parte norte del complejo, contaba con tres naves, un transepto y una cabecera con ábsides cubiertos por bóvedas de crucería y ojivales. Con el paso del tiempo, la apariencia del monasterio fue cambiando y, en el siglo XVI, la iglesia adoptó una planta en forma de cruz latina. El actual claustro, erigido en 1617 en un sobrio estilo clásico, impresiona por su austeridad y armonía de proporciones, con doble arquería y bóvedas de crucería en la galería inferior.
Además de la iglesia y el claustro, el monasterio albergaba espacios esenciales como la sala capitular, considerada una de las más bellas del conjunto, el refectorio, la sacristía, la bodega y los dormitorios de los monjes. Sin embargo, el paso implacable del tiempo, la devastadora Guerra de la Independencia y el proceso de desamortización de bienes eclesiásticos en el siglo XIX provocaron un declive progresivo y la ruina del edificio.
Una tragedia americana
Pero el episodio más dramático en la historia de Ovila aún estaba por ocurrir. En el siglo XX, el monasterio sufrió un destino que se convirtió en su verdadera tragedia: gran parte de sus elementos arquitectónicos únicos fueron vendidos. El principal comprador fue el magnate estadounidense de los medios y apasionado coleccionista William Randolph Hearst. Él adquirió fragmentos completos del monasterio: portales, capiteles, arcos e incluso piedras de las bóvedas. Todo esto fue cuidadosamente desmontado, numerado y enviado a través del océano a Estados Unidos.
Este acto de vandalismo, que hoy calificaríamos como un expolio cultural, cambió para siempre el destino del monasterio, convirtiéndolo en las ruinas que vemos actualmente. Las piedras de Ovila debían ser parte del grandioso castillo de Hearst en California, pero el proyecto nunca se completó. Algunas de ellas finalmente se usaron en la construcción de una abadía en otro estado, y el resto sigue almacenado en depósitos. Así, la historia del monasterio español tuvo una continuación inesperada y triste en otro continente.
Cabe destacar que William Randolph Hearst fue una de las figuras más influyentes y controvertidas de su época, y sirvió de inspiración para el protagonista de la película «Ciudadano Kane». Su pasión por el coleccionismo no conocía límites: adquiría en toda Europa no solo obras de arte, sino también edificaciones enteras, como castillos y monasterios. Su residencia en California, conocida como Castillo Hearst, es una ecléctica colección de estilos europeos y artefactos. Aunque las acciones de Hearst contribuyeron a preservar algunos objetos, a menudo provocaban la destrucción irreversible de monumentos históricos en sus lugares originales, como ocurrió con el monasterio de Santa María de Ovila.












