
En lo alto de las montañas de la Axarquía, en la provincia de Málaga, se esconde uno de los «pueblos blancos» más impresionantes de Andalucía. Aquí la historia parece flotar en el aire y desde lo alto se contemplan panorámicas impresionantes del Mediterráneo. Su pasado está tejido con leyendas de antiguas civilizaciones y el espíritu indomable de sus habitantes, que ni siquiera las tropas de élite de Napoleón lograron doblegar. Sus calles estrechas y empedradas, que serpentean entre casas encaladas, guardan secretos centenarios y un encanto reconocido por medios internacionales.
Se trata de Comares, conocido como «el balcón de la Axarquía» por su ubicación única a más de 700 metros sobre el nivel del mar. El pueblo fue fundado en el siglo VII a.C. por marineros griegos que le dieron el nombre de Comaron, que significa «tierra de madroños». Sin embargo, su mayor esplendor llegó en la época de al-Ándalus. El nombre árabe Hisn Comarix («castillo en las alturas») reflejaba perfectamente su valor estratégico como fortaleza defensiva.
El aspecto actual de Comares conserva la herencia morisca, característica de los pueblos blancos de la región: un laberinto de callejuelas, fachadas deslumbrantemente blancas y tejados de tonos anaranjados. Del antiguo castillo solo quedan fragmentos, pero recuerdan su papel clave durante el periodo musulmán y la Reconquista. La tradición local cuenta que, tras la rendición ante los Reyes Católicos en 1487, las familias musulmanas que quedaron en la ciudad se convirtieron al cristianismo en la actual calle del Perdón. En honor a este hecho, las campanas repicaron treinta veces, un ritual que aún se repite cada domingo.
Siglos después, ya en una nueva época, las tropas napoleónicas intentaron tomar el pueblo, pero fracasaron, reforzando aún más la fama de Comares como ciudadela inexpugnable. En el siglo XX la región enfrentó un nuevo reto: la epidemia de filoxera que arrasó con los viñedos. Sin embargo, la tierra resurgió, y hoy sus laderas están cubiertas de olivares, almendros y nuevas vides, que tiñen el paisaje de tonos dorados y verdes.
Comares es conocido no solo por su historia, sino también por su cultura. Aquí nació y se desarrolló un estilo singular de música tradicional, los verdiales, que destaca por su ritmo instrumental profundo y melódico. Este estilo, junto a otros dos (‘Almohía’ y ‘Montes’), goza de gran popularidad en toda la provincia. La música refleja la austera belleza de las sierras que rodean el pueblo y el carácter genuino de sus habitantes.
El patrimonio histórico de este pueblo es impresionante. La Iglesia de la Encarnación, construida en 1505 sobre los cimientos de una antigua mezquita, y la cisterna árabe de Masmoullar, del siglo XIV, declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1931, son testigos de un pasado rico y fascinante. La cisterna se encuentra en un rincón apartado, conocido como el altiplano de Masmoullar.
Para los amantes de las actividades al aire libre, Comares ofrece opciones modernas. Hay varias rutas de vía ferrata y una tirolina de 400 metros. Empresas locales organizan aventuras seguras para todos los públicos. La visita no estaría completa sin una comida en alguno de los acogedores restaurantes del pueblo, donde se puede disfrutar de la cocina local.
Esta localidad forma parte de la ruta turística «Aceites, vinos y pasas». En cada rincón se pueden encontrar lecciones vivas de historia: desde los restos de las torres del castillo, que aún vigilan el horizonte, hasta el Mirador Urbano, un balcón panorámico que ofrece vistas desde las sierras de Málaga hasta la Costa del Sol. Impregnado de aromas a vino dulce y aceite de oliva, este pueblo blanco sigue siendo símbolo de resistencia, belleza y del auténtico espíritu andaluz que continúa enamorando a los viajeros.












