
La Costa Brava evoca invariablemente el calor veraniego, calas escondidas y pueblos costeros de casas blancas. Los atardeceres dorados sobre el Mediterráneo han convertido este rincón de Cataluña en uno de los destinos vacacionales más codiciados. Sin embargo, lejos de las rutas más transitadas que llevan a Cadaqués o Calella de Palafrugell, se esconden lugares donde el tiempo parece haberse detenido. Uno de estos tesoros es Monells, una aldea medieval en la comarca del Baix Empordà, que revela su verdadero encanto en otoño, cuando desaparecen las masas de turistas y un silencio primigenio se apodera de sus calles empedradas.
Al llegar a Monells, uno tiene la sensación de estar dentro de un plató de cine histórico. Su casco antiguo, perfectamente conservado, invita a pasear sin rumbo y dejarse llevar. El eco de los pasos resuena sobre el adoquinado, mientras las fachadas de piedra cubiertas de hiedra y bugambilias crean una atmósfera inigualable. Todo el pueblo creció alrededor de un antiguo castillo, del que hoy sólo subsisten fragmentos de muros y torres —testigos mudos del poder feudal que un día dominó estas tierras.
El corazón del pueblo es la Plaça Major, una de las plazas más pintorescas de la comarca. Sus arcadas góticas se alinean con elegancia, y en los días soleados, las mesas de los cafés y restaurantes locales cobran vida bajo sus bóvedas. Desde aquí parten callejuelas estrechas, como si fueran rayos de sol. La calle dels Arcs, famosa por sus arcos de piedra, se ha convertido en la tarjeta de presentación de Monells y en un lugar favorito para los fotógrafos. En la plaza del Oli, donde antiguamente se comerciaba con aceite de oliva, todavía se respira un ambiente artesanal y tranquilo que atrae a viajeros en busca de autenticidad.
Otra joya del pueblo es la iglesia de Sant Genís, mencionada por primera vez en el siglo XI. Situada en la otra orilla del río, en el barrio de Riera, combina estilos románico, gótico y barroco, fruto de sus numerosas reformas a lo largo de los siglos. Su campanario, visible desde cualquier punto del pueblo, marca el tranquilo ritmo de la vida local.
Pasear por Monells es un auténtico viaje en el tiempo. En cada esquina surge una nueva historia, y cada puerta de madera o balcón adornado con flores parece custodiar secretos centenarios. Una gran ventaja de este lugar respecto a otros pueblos del Empordà es la ausencia de multitudes turísticas. Esto permite disfrutarlo plenamente, apreciar los detalles y escuchar el silencio, sólo interrumpido por el susurro del viento entre las piedras.
Los alrededores de Monells son ideales para los amantes de las caminatas entre campos y bosques. Desde aquí parten varias rutas señalizadas, como el «Camino de los Tres Pueblos», que une Monells con Cruïlles y Madremanya. En otoño, cuando el paisaje se tiñe de tonos ocres y dorados, estos senderos se convierten en auténticos lienzos vivos. Para un plan familiar diferente, se puede visitar la granja lechera Estación de la Vaca de Leche, donde explican de manera didáctica el proceso de producción de la leche, ofrecen talleres y finalizan la visita con una degustación que gusta tanto a niños como a adultos.
La gastronomía de Monells mantiene viva la tradición catalana. Aquí se cocina con productos de proximidad, se sirven vinos locales de Empordà y se ofrecen postres según recetas antiguas. Los restaurantes del centro proponen carnes a la brasa, pescado mediterráneo y guisos creativos: una excelente forma de recuperar energías tras una larga caminata. Para quienes optan por quedarse a dormir, hay opciones para todos los gustos: desde masías rodeadas de olivos hasta hoteles acogedores en el centro histórico. El ambiente es íntimo y hospitalario, perfecto para escapar del bullicio de la ciudad.












