
A tan solo una hora en coche de la bulliciosa Pamplona, en el norte de Navarra, se extiende el valle de Baztán: un oasis esmeralda que parece salido de las páginas de antiguos cuentos. Su capital, el pequeño pueblo de Elizondo, actúa como puerta de entrada a este mundo donde el tiempo transcurre de otra manera. Aquí, majestuosos hayedos conviven con caseríos centenarios, y las callejuelas empedradas serpentean entre casas que conservan el espíritu de siglos pasados. No se trata solo de un núcleo habitado, sino de la viva quintaesencia de una región impregnada de leyendas y envuelta por un halo de misterio.
Con la llegada de octubre, el valle se convierte en una verdadera obra de arte. Los bosques se encienden en una paleta de dorados, rojos y ocres, creando paisajes de una belleza increíble. Situada casi en la frontera con Francia, esta zona es famosa por sus robledales, castañares y hayedos, que en esta época del año lucen especialmente frondosos. La naturaleza virgen inspira respeto, y las cuidadas casitas con coloridos balcones floridos añaden vida incluso en los días más grises. El aire aquí es puro y fresco, y cada respiro llena de tranquilidad.
La cultura local está impregnada de tradiciones y creencias ancestrales. En muchas puertas puede verse el “eguzkilore”, la flor del sol, que según la creencia popular protege la vivienda de los malos espíritus. Este amuleto es solo una pequeña parte de un rico folclore. En los bosques de la zona, según los ancianos, habita el Basajaun, una criatura misteriosa que protege a los pastores. En los ríos viven las lamias, ninfas acuáticas, y en la sombra se esconden las sorginak (brujas). Sobre todos ellos reina Mari, la diosa madre de la naturaleza, justa pero severa con quienes infringen sus leyes.
Precisamente esta atmósfera, situada en la frontera entre la realidad y la ficción, atrajo la atención de cineastas. El pueblo y sus alrededores se convirtieron en el escenario perfecto para la adaptación de la famosa “Trilogía del Baztán” basada en las novelas de Dolores Redondo. El director Fernando González Molina logró captar ese ambiente sombrío y tenso que flota en el valle, haciendo que este se convierta en un auténtico protagonista de los acontecimientos. Tras el estreno de las películas, miles de seguidores acudieron a conocer en persona los lugares donde se desarrolló la trama detectivesca.
La historia de Elizondo se remonta a la Edad del Hierro, aunque sus habitantes obtuvieron estatus oficial en 1397, cuando el rey Carlos III el Noble reconoció su linaje. Así lo atestigua su arquitectura. En la ciudad se conservan varios magníficos palacios barrocos, como Arizkunenea (Palacio de las Gobernadoras) y Beramundea. Cerca de allí se encuentra Istekonea, conocido como la Casa del Virrey, vinculada a Pedro de Mendinueta y Muzquiz. En las afueras se sitúa el palacio Datue, que perteneció al virrey del Perú Agustín de Jáuregui. Estos edificios no son simples piedras, sino testigos silenciosos de las historias de sus ilustres propietarios.
Entre los lugares imprescindibles destaca la iglesia de Santiago. Construida a principios del siglo XX con la característica piedra rojiza labrada, es un ejemplo del estilo neogótico. Sus dos torres cuadradas coronadas por cúpulas se divisan desde lejos. Dos ríos cruzan la ciudad, y uno de los rincones más pintorescos es el puente y la presa de Txokoto. Allí, el agua cristalina refleja las tradicionales casas vascas, creando una escena idílica digna de ser inmortalizada.
Y, por supuesto, no se puede salir de Elizondo sin probar el manjar local: el chanchigorri. Es un pastel tradicional que preparan de forma magistral en la panadería Panificadora Baztanesa, con más de medio siglo de historia. En la trilogía literaria aparece bajo el nombre de Mantecadas Salazar. Este pastel dulce y contundente se ha convertido en un auténtico símbolo gastronómico del valle, popular tanto entre los habitantes locales como entre los numerosos visitantes de esta tierra mágica.












