
En el corazón de Aragón, alejado de las rutas turísticas habituales, se esconde un lugar capaz de transportar a cualquier viajero varios siglos atrás. Se trata de Anento, un diminuto pueblo que no solo ha conservado su aspecto medieval, sino que además vive en total armonía con el entorno natural que lo rodea. Viajar hasta aquí no es simplemente hacer una excursión, sino sumergirse verdaderamente en una atmósfera detenida en el tiempo, donde cada piedra y cada giro de sus callejuelas cuentan su propia historia.
El principal atractivo que atrae a los visitantes es un fenómeno natural conocido como Aguallueve. Imagine una pared rocosa cubierta de musgo esmeralda, donde durante todo el año fluyen, gotean y caen finísimos hilos de agua. Durante siglos, este flujo ininterrumpido ha dado lugar a curiosas formaciones kársticas, pequeñas grutas y piscinas naturales. El paseo por el sendero acondicionado dura menos de una hora y es apto para todos, incluidas familias con niños pequeños. El aire aquí está impregnado de frescura y del sonido suave de las gotas, generando la sensación de estar en un bosque de cuento.
Tras disfrutar de la frescura de la cascada, merece la pena sumergirse en el propio pueblo. Anento forma parte oficialmente de la prestigiosa asociación de los pueblos más bonitos de España, un reconocimiento absolutamente merecido. Su casco urbano es un laberinto de calles empedradas que serpentean entre casas de sobrias fachadas de piedra. En verano, el gris se anima con las manchas de color de las flores en macetas, cuidadosamente dispuestas por los vecinos. Aquí no hay el bullicio de las grandes ciudades, sólo el canto de los pájaros y el susurro de las hojas. Es el lugar perfecto para bajar el ritmo, dejar el móvil a un lado y deambular sin rumbo, impregnándose de la calma de este rincón.
El elemento arquitectónico más destacado del pueblo es la iglesia románica de San Blas, construida en el siglo XIII. Por fuera, su aspecto es sencillo y austero, pero en su interior alberga un verdadero tesoro: uno de los retablos góticos más importantes de Aragón. Esta magnífica obra, realizada por el maestro Blasco de Grañén hace casi quinientos años, impresiona por su tamaño y la delicadeza de su ejecución. El hecho de que se conserve en su emplazamiento original añade aún más valor histórico y artístico.
Para quienes no temen un ligero ascenso, la visita a las ruinas del castillo local es una parada obligatoria. La fortaleza, construida en el siglo XIV, se alza orgullosa sobre una colina de tono rojizo. En su día, sirvió como un importante punto defensivo durante la llamada Guerra de los Dos Pedros, protegiendo a los habitantes del lugar de las tropas de Pedro el Cruel. Hoy en día, desde aquí se disfrutan impresionantes vistas panorámicas del valle del río Jiloca y de los infinitos bosques de pinos que cubren las colinas vecinas. Es el mejor lugar para admirar toda la belleza del paisaje aragonés.
Cada julio, los muros de la antigua fortaleza y las calles del pueblo recobran vida gracias a la celebración de las Jornadas Medievales. Este colorido festival está dedicado a los acontecimientos históricos en los que participó el héroe local Martín Polo, escudero del rey Pedro IV de Aragón. Residentes y visitantes se visten con trajes de la época, participan en recreaciones de batallas, desfiles y mercados, llenando Anento de un ambiente festivo y auténtico.
A pesar de su tamaño reducido, Anento ofrece todo lo necesario para una estadía confortable. Aquí es posible pasar la noche en una de las casas rurales o en el albergue, y el restaurante local permite descubrir la tradicional cocina aragonesa. La combinación de su rica historia, naturaleza impresionante y hospitalidad convierte a este pueblo en una auténtica joya que merece la pena descubrir.












