
En pleno corazón de la Sierra de Gredos, en el pintoresco valle del Tiétar, se esconde La Adrada, un pequeño pueblo que parece sacado de las páginas de un libro medieval. Aquí, la historia, la naturaleza y tradiciones centenarias se entrelazan creando una atmósfera única. Gracias a su suave microclima y su ubicación, a solo una hora de Madrid y Ávila, La Adrada es el destino perfecto para quienes buscan tranquilidad y nuevas experiencias, especialmente cuando el otoño tiñe los bosques locales de dorado y escarlata.
El peso histórico de este lugar está documentado desde 1393, cuando el rey Enrique III le concedió el título de villa. Sobre el pueblo, en la cima del Cerro del Torreón, se alza su mayor símbolo y guardián: el majestuoso castillo del siglo XIII. Esta fortaleza medieval, cuidadosamente restaurada, hoy es mucho más que un monumento arquitectónico. Entre sus muros se encuentra el Centro de Interpretación Histórica del valle del Tiétar, donde los visitantes pueden recorrer la rica historia de la región, desde los antiguos vetones hasta la Edad Moderna. Desde las torres del castillo se disfrutan impresionantes vistas panorámicas de toda la comarca.
Pasear por el casco histórico de La Adrada es sumergirse en el pasado. Las estrechas calles empedradas atraviesan casas tradicionales de piedra. Destacan especialmente la calle Calle Larga, con sus fachadas adornadas con escudos, y la singular plaza Plaza del Rincón. En el centro se alza una fuente con la escultura de la “Niña de La Adrada”, que se ha convertido en uno de los símbolos más queridos del municipio. Aquí también se puede contemplar la antigua Casa de los Jerónimos, un recuerdo del pasado monástico de la zona.
Además del castillo, la vida espiritual del municipio gira en torno a la iglesia de El Salvador y la ermita de la Virgen de la Yedra, patrona de La Adrada. Cada mes de mayo, la ciudad se transforma para celebrar su famoso Mercado Medieval. Este evento, declarado Fiesta de Interés Turístico Regional, reúne a artesanos y artistas de toda la comarca. Las calles se llenan de música antigua, aromas de recetas tradicionales y vecinos ataviados con trajes históricos que recrean el ambiente de épocas pasadas.
Para los amantes del turismo activo, La Adrada ofrece paisajes naturales únicos. Los pinares, robledales y castañares que rodean la localidad son perfectos para hacer senderismo. En los meses cálidos, es posible refrescarse en aguas cristalinas de parajes como Charca de la Hoya o la Presa de la Pinara. Los antiguos puentes de piedra, como el Mosquéa o el Mocha, que cruzan los arroyos de la zona, son testigos mudos de siglos de historia local.
Entre los tesoros naturales destaca el pino de Aprisquillo, un árbol con más de cuatrocientos años de historia. Este gigante fue reconocido como el “Árbol del Año en España”, lo que subraya su singularidad. Para hacer la visita aún más memorable, la recientemente inaugurada oficina de turismo ofrece experiencias inmersivas. Gracias a la realidad virtual, los visitantes pueden trasladarse al siglo XVIII y descubrir cómo aquí se fabricaba papel a mano.
Y por supuesto, conocer La Adrada no estaría completo sin probar la gastronomía local. Es imprescindible degustar las “patatas revolconas” (puré de patatas con pimentón y torreznos), las morcillas de la zona, el famoso queso de cabra Monte Enebro y los tradicionales bollos de San Blas. Es un lugar con alma, que ofrece al visitante el equilibrio perfecto entre enriquecimiento cultural, descanso tranquilo y la contemplación de paisajes de ensueño, especialmente hermosos en otoño.












