
La vida del rey egipcio Faruq es una historia asombrosa de un ascenso fulgurante y una caída estrepitosa. Subió al trono siendo adolescente, adorado por su pueblo, y terminó sus días en el exilio: obeso, enfermo y abandonado por todos, desplomándose muerto tras una copiosa cena en un restaurante romano, con un revólver en el bolsillo.
La esperanza de la nación
Faruq nació en El Cairo el 11 de febrero de 1920, en la familia del monarca reinante Fuad I. Tras obtener la independencia de la influencia británica en 1922, Egipto se convirtió en reino y el heredero al trono fue preparado desde pequeño para una gran misión. La corona recayó sobre su cabeza en 1936, cuando solo tenía dieciséis años. Los egipcios estaban entusiasmados: un joven bello, atlético, representaba el amanecer de una nueva era para el país. Pasó su infancia en la «jaula de oro» del palacio de Koubbeh en El Cairo, donde su padre intentó protegerlo de intrigas y le exigió un estudio meticuloso del idioma árabe. Si bien fue educado en el prestigioso Eton en Inglaterra, seguía bajo la estricta vigilancia de agentes británicos. En 1937, al jurar ante el parlamento, el joven monarca, saludando con gracia a las multitudes desde una lujosa carroza, parecía encarnar todas las esperanzas nacionales. Nadie dudaba de que él sería quien liberara a Egipto de la injerencia extranjera y garantizara a su pueblo una vida digna.
Al principio, Faruq cumplió con las expectativas. Inició reformas importantes, como la redistribución de tierras y la creación de un sistema de salud pública. Siendo un gobernante piadoso, llevó a cabo una política firmemente proárabe, oponiéndose tanto a los británicos como al partido laico ‘Wafd’. Sin embargo, su reinado coincidió con un período sumamente inestable, marcado por el inicio de la Segunda Guerra Mundial y el auge de sentimientos nacionalistas. El joven rey, educado en tradiciones europeas, tuvo que enfrentarse no solo a desafíos externos, sino también internos. La dinastía, que gobernaba desde 1805, se veía sacudida por disputas internas y la corrupción en el gobierno alcanzó niveles alarmantes. A pesar de todas las dificultades, el pueblo seguía creyendo en su joven líder.
Un giro trágico
Un cruel golpe del destino lo cambió todo en 1943. Mientras conducía un Mercedes que Hitler le había regalado para su boda, Faruk sufrió un grave accidente, chocando contra un camión militar británico. Sucedió el 6 de noviembre y, aunque los médicos lograron salvarle la vida, salió del hospital convertido en otra persona. Todo cambió: su aspecto, su carácter, su estilo de gobernar. El rey empezó a ganar peso de forma acelerada, su apetito se volvió desmesurado y su interés por los asuntos de Estado fue apagándose gradualmente. Surgieron rumores de una conspiración orquestada por los británicos o por su rival, el jedive Abbas II. Oficialmente, la gravedad de las heridas fue ocultada, pero las consecuencias resultaron catastróficas para el monarca, que apenas tenía 23 años. Los historiadores consideran que complicaciones no diagnosticadas tras el accidente podrían haber sido la raíz de sus cambios de personalidad y de su largo y doloroso declive.
La familia fue la primera en notar la alarmante transformación, que erosionaba su autoridad y poder. Desarrolló una pasión por el lujo y comenzó a coleccionar objetos extravagantes. Sus incontables relaciones amorosas le dieron fama de playboy. También surgió otro rasgo inusual: la cleptomanía. Algunos súbditos se negaban a creer lo que ocurría, prefiriendo la versión de que su verdadero rey había sido secuestrado y sustituido por un doble. Se volvió taciturno y su conducta, provocadora, llegando incluso a lanzar cubitos de hielo en el escote de las damas durante recepciones oficiales. Sus arrebatos de ira se volvieron cada vez más frecuentes. Incluso su propia madre le volvió la espalda y la familia perdió todo respeto hacia él.
El ocaso del «monarca amado»
Su vida personal también se desmoronaba. Su matrimonio con la reina Farida terminó en divorcio. En 1948 se separó de ella alegando que sólo le había dado hijas y no un heredero, lo que provocó el descontento popular. En 1951 volvió a casarse, esta vez con Narriman Sadeq, quien en febrero de 1952 le dio un hijo, Ahmed Fuad. Pero esto ya no pudo salvar ni su reputación ni el trono. El 23 de julio de 1952, tras un golpe de Estado organizado por los «Oficiales Libres» bajo el liderazgo de Gamal Abdel Nasser, Faruq se vio obligado a abdicar en favor de su pequeño hijo. El reinado de Fuad II duró menos de un año, tras lo cual la monarquía egipcia fue abolida para siempre. La última imagen que quedó grabada en la memoria de los egipcios es la de un hombre hinchado, calvo, corpulento, vestido con uniforme de oficial naval y gafas oscuras, que camina en silencio hacia el puerto de Alejandría.
Faruk partió al exilio a bordo del yate real Mahroussa. Su destino fue Mónaco, luego Capri y, finalmente, Roma, donde se estableció. Su vida llegó a su fin el 18 de marzo de 1965. Tras una cena que consumió en pocos minutos en un restaurante a las afueras de Roma, el ex monarca, de 45 años, se desplomó repentinamente sobre la mesa. La causa oficial fue un infarto, aunque en Egipto circulaban insistentes rumores de envenenamiento por orden de Nasser. La verdad nunca se esclareció: nunca se realizó una autopsia. Aquella noche lo acompañaba una joven rubia; en sus bolsillos, además de varios miles de liras, se hallaron un revólver y un documento de identidad donde, en el apartado “profesión”, figuraba: “rentista”.












