
La distinguida pareja real de España vuelve a encontrarse en diferentes continentes, aunque esta vez dentro de un mismo país. El destino ha querido que Juan Carlos I y la reina Sofía estén al mismo tiempo en Estados Unidos. Sin embargo, pese a la proximidad geográfica, sus caminos siguen siendo paralelos y no se cruzan, y los motivos de sus visitas son radicalmente distintos, lo que pone de relieve sus actuales papeles y prioridades vitales.
El exmonarca, acompañado de su hija mayor, la infanta Elena, ha llegado a la vibrante Nueva York con un objetivo deportivo muy concreto. Su gran pasión es la vela y aquí participa en una prestigiosa regata, el Campeonato Mundial de la clase 6M. Su meta es ambiciosa: junto a la tripulación de su yate «Bribon», defender el título conseguido en 2023 en las costas de la isla de Wight. Las competiciones en el exclusivo club náutico Seawanhaka Corinthian, en Oyster Bay, se prolongarán hasta finales de septiembre y requieren máxima concentración. Mientras tanto, su esposa, la reina Sofía, cumple una misión de naturaleza completamente distinta en la capital estadounidense, Washington.
Su visita, mucho más breve y centrada en actos oficiales, está dedicada a fortalecer los lazos culturales e históricos. La reina llegó para presidir un importante simposio sobre la contribución de España a la independencia del estado norteamericano. Este evento, organizado en el marco del proyecto «America & Spain250», busca arrojar luz sobre episodios poco conocidos de la historia y resaltar el papel fundamental de la corona española en la formación de la democracia estadounidense. Su agenda comenzó con una recepción en la residencia de la embajada española, donde una vez más actuó como la mejor diplomática cultural del país.
Resulta curioso que sea la segunda vez en poco tiempo que los esposos se encuentran peligrosamente cerca, pero sin llegar a verse. Si ahora los separan solo 350 kilómetros entre Nueva York y Washington, hace unas semanas la distancia era aún menor. Entonces, el rey emérito aterrizó en el aeropuerto de La Coruña rumbo a Sanxenxo, mientras su esposa se encontraba en la vecina Ferrol, donde ejercía de madrina en la botadura de la nueva fragata «Bonifaz».
Para doña Sofía, de 86 años, este viaje transoceánico fue una muestra más de su incansable energía y sentido del deber. Regresó al primer plano de la agenda oficial después de permanecer en el Palacio de la Zarzuela mientras el rey Felipe y la reina Letizia realizaban una visita a Egipto. Este desplazamiento se produjo tras un verano complicado y agridulce. Por primera vez en muchos años, tuvo que renunciar a sus habituales largas vacaciones en el querido Palacio de Marivent, en Mallorca. La razón fue el cuidado de su hermana, la princesa Irene de Grecia, cuya salud preocupa seriamente a la familia últimamente. Doña Sofía, a quien sus allegados consideran el ángel guardián incansable de su hermana, le dedicó casi todo el verano, rompiendo así una tradición de muchos años. No obstante, también encontró tiempo para otros asuntos familiares, realizando a finales de agosto una breve visita a su tierra natal, Grecia, para felicitar a su cuñada, la reina Ana María, por su 79 cumpleaños, a quien apoya constantemente desde la muerte del rey Constantino II.












