
El cambio de poder en el Gran Ducado de Luxemburgo, marcando el fin de la era de gobierno de Henri y la ascensión al trono de su hijo Guillaume, se convirtió en un acontecimiento histórico. En medio de las celebraciones oficiales y la presencia de representantes de las monarquías y élites europeas, la gran duquesa María Teresa compartió en redes sociales emotivas imágenes de la gala. Estas fotografías representaron una especie de despedida del papel que desempeñó durante un cuarto de siglo. Para una mujer de origen cubano y raíces españolas, fue el cierre de un recorrido extraordinario e inimaginable para una niña nacida en La Habana en 1956.
Su infancia transcurrió dentro de la influyente y acomodada burguesía hispano-cubana. La familia Mestre, a la que pertenecía, trazaba su linaje hasta la nobleza española, incluyendo el linaje de los Espinosa de los Monteros, y por la rama materna, se cree que sus antepasados llegaban hasta el propio rey Fernando I de León y Castilla. Su abuelo, Agustín Batista, fue fundador del banco más poderoso de la isla, Trust Company of Cuba. La familia poseía plantaciones de azúcar y activos financieros, pero todo esto se perdió de un momento a otro con la llegada al poder de Fidel Castro.
La revolución confiscó todos sus bienes, dejando a la familia frente a la incertidumbre. Los padres, José Antonio Mestre y María Teresa Batista, tomaron la difícil decisión de abandonar su tierra natal. Junto con la pequeña María Teresa, su hermana y dos hermanos, partieron al exilio. Ella tenía solo cuatro años cuando llegaron a Nueva York. Más tarde recordaba cómo su madre escribió en un diario la pregunta infantil: «¿Cuándo volveremos a casa?». Para ella, por supuesto, su hogar seguía siendo Cuba, aunque los recuerdos eran difusos.
Tras cinco años en Estados Unidos, donde estudió en colegios prestigiosos, la familia volvió a mudarse. Pasaron poco tiempo en Santander, España, para finalmente establecerse en Ginebra, Suiza. Allí, el padre encontró trabajo en el sector financiero y la madre se dedicó a la crianza, transmitiendo a sus hijos el amor por el arte. Aunque María Teresa apenas recordaba Cuba, siempre afirmaba haber conservado el «temperamento cubano»: una calidez especial, alegría de vivir y ritmo. De sus padres heredó además un principio de vida que solía repetir: «Si has recibido mucho, debes dar mucho».
Fue precisamente en Ginebra donde, tras obtener la ciudadanía suiza y graduarse de un internado, ingresó en la universidad para estudiar ciencias políticas. Allí tuvo lugar el encuentro que cambió su vida por completo. Entre sus compañeros de clase estaba el príncipe heredero de Luxemburgo, Henri. Las largas horas de estudio en común se transformaron en amistad, y luego en un profundo sentimiento. Según ella, cuanto más tiempo pasaban juntos, más evidente se hacía que sus destinos debían unirse.
Su romance se mantuvo en secreto durante mucho tiempo. En aquella época, a los miembros de la realeza se les exigía escoger pareja dentro de un estrecho círculo aristocrático. Aunque María Teresa provenía de una familia noble, acomodada y con una sólida formación, no tenía título. Esto se convirtió en un obstáculo serio. Su futura suegra, la gran duquesa Josefina-Charlotte, se oponía firmemente a la unión. Circulaban rumores de que Henri incluso estaba dispuesto a renunciar a sus derechos al trono con tal de casarse con la mujer que amaba. Finalmente, el amor triunfó y en 1980 se anunció oficialmente el compromiso.
La boda se celebró en la catedral de Notre-Dame en Luxemburgo y fue uno de los principales acontecimientos sociales del año. Entre los invitados se encontraban el rey Olaf V de Noruega, el rey Balduino y la reina Fabiola de Bélgica, así como el príncipe Rainiero III de Mónaco junto a Grace Kelly. Así, la hija de exiliados cubanos con sangre española pasó a formar parte de una de las dinastías reinantes más antiguas de Europa, comenzando un nuevo capítulo en su extraordinaria historia.












