
Un colgante de esmeralda, que antaño adornó el cuello de una de las aristócratas más influyentes de España, vuelve hoy a acaparar la atención. Esta joya, rodeada de diamantes, se ha convertido no solo en un símbolo de continuidad familiar, sino también en motivo de disputa entre herederos. La princesa María da Gloria Orleans-Braganza, reconocida por su discreción y ascendencia aristocrática, luce ahora esta reliquia en los eventos sociales más destacados, despertando admiración y preguntas sobre el destino del patrimonio familiar.
En los últimos años, se ha visto el colgante de esmeralda en María da Gloria durante las bodas de sus hijas y en ceremonias internacionales que congregan a la alta sociedad europea. Cada aparición con esta joya se convierte en un acontecimiento, ya que encierra no solo historias de amor y poder, sino también complejas relaciones dentro de una de las dinastías más antiguas del país. Las diferencias familiares por la herencia de la duquesa de Medinaceli solo incrementan el interés por el destino de la valiosa pieza.
El esposo de María da Gloria, el duque de Segorbe Ignacio de Medina y Fernández de Córdoba, ocupa un papel clave en la gestión de la fundación familiar, que administra palacios, colecciones de arte y vastas propiedades. Sin embargo, la lucha por la herencia entre él y su sobrina, la actual duquesa de Medinaceli, Victoria Elizabeth, continúa sin resolverse. La cuestión de a quién pertenecen legítimamente las joyas familiares sigue abierta y genera intensos debates en los círculos aristocráticos.
María da Glória no solo mantiene vivas las tradiciones de su familia, sino que también les da nuevos significados. Su aparición con el colgante de esmeralda en bodas de sus hijos y en otros eventos importantes se percibe como una muestra de continuidad y estatus. Al mismo tiempo, la princesa es conocida por su discreción y una contención poco común en su entorno, lo que incrementa el interés tanto por su figura como por las joyas que selecciona para ocasiones especiales.
La historia del colgante se remonta al pasado, cuando su dueña fue Victoria Eugenia Fernández de Córdoba, XVIII duquesa de Medinaceli. Era considerada una de las mujeres con más títulos e influencia de España. El colgante de esmeraldas y diamantes era su joya predilecta, la lucía a menudo en recepciones oficiales y celebraciones familiares. Tras su fallecimiento en 2013, el destino de la reliquia atrajo una atención especial y numerosos debates.
La colección de María da Glória incluye otras joyas familiares heredadas de su madre, la princesa María de la Esperanza. Algunas fueron subastadas en Ginebra durante los años ochenta, pero las más valiosas permanecen en la familia. El colgante de esmeraldas y diamantes, acompañado de unos pendientes a juego, es considerado una de las joyas más destacadas de su colección personal. Cada aparición pública con este conjunto genera gran expectación entre los aficionados a las casas reales y los coleccionistas de joyas.
Los conflictos familiares en torno a la herencia de la duquesa de Medinaceli no solo no cesan, sino que se hacen cada vez más visibles. Cada aparición de María da Glória con el histórico colgante se percibe como una sutil alusión a su derecho de ser la custodia de los tesoros familiares. Al mismo tiempo, la actual duquesa Victoria Elisabeth sigue defendiendo sus intereses, lo que añade aún más intriga y dramatismo a la situación.
En los próximos años, el destino del colgante de esmeraldas y otras reliquias de la familia Medinaceli probablemente seguirá siendo motivo de debate y disputa. Para muchos, este colgante no es solo una joya, sino un símbolo de una compleja historia donde se entrelazan poder, tradiciones y ambiciones personales.
La princesa María da Glória Orleans-Braganza nació en 1946 en Petrópolis, Brasil, en una familia con profundas raíces en casas reales europeas. Su padre, el príncipe Pedro Gastão Orleans-Braganza, y su madre, la princesa María de la Esperanza Borbón-Dos Sicilias, le transmitieron no solo títulos, sino también un legado único. María da Glória estuvo casada con el heredero al trono de Serbia, Alejandro II, y después contrajo matrimonio con el duque de Segorbe. Su vida es un ejemplo de cómo los destinos personales y los intereses dinásticos se entrelazan en la aristocracia contemporánea.












