
En las verdes laderas del monte Naranco, alzándose sobre Oviedo, se erige un guardián de piedra que ha sobrevivido doce siglos. No se trata simplemente de una iglesia antigua, sino de algo mucho más significativo: un fragmento superviviente de un palacio real, testigo del nacimiento y apogeo del Reino de Asturias. Alejado de las bulliciosas rutas turísticas que llevan a las imponentes catedrales y palacios del sur, este edificio propone otro viaje: un recorrido hacia el pasado, a una época en la que en el norte de la península ibérica se forjaba un nuevo mundo cristiano. Sus formas austeras pero elegantes conservan la memoria de los reyes, batallas y un arte elevado que parecía imposible en tiempos tan convulsos.
En sus orígenes, este edificio no fue concebido para la oración. A mediados del siglo IX, el poderoso monarca Ramiro I ordenó construir aquí un complejo palaciego campestre para el descanso y las recepciones. Lo que vemos hoy era su salón principal, el aula regia. Imaginen los banquetes de la nobleza, la música y las decisiones de Estado que se tomaban entre estos muros. Solo más tarde, por circunstancias históricas no del todo claras, esta estructura laica fue consagrada como templo dedicado a la Virgen María. Precisamente esta transformación la salvó de la destrucción, permitiendo que llegara hasta nosotros casi intacta. La inscripción en el altar, fechada el 23 de junio de 848, constituye una prueba irrefutable de esta metamorfosis.
La estructura del edificio impresiona por su lógica y armonía. De planta rectangular, cuenta con dos pisos. El inferior, más bajo y abovedado, probablemente funcionó como cripta o capilla. El superior, bañado de luz, era el salón principal. Se accedía a él por escaleras exteriores que daban al conjunto una sensación monumental. En el interior destacan elegantes arcos apoyados sobre columnas con capiteles que evocan reminiscencias del orden corintio. Las paredes están decoradas con treinta y seis medallones de piedra con imágenes de animales y personas, cuyos significados siguen siendo motivo de debate entre los historiadores. Es una síntesis única de influencias tardo-romanas, visigodas e incluso bizantinas, que dio origen al inconfundible estilo asturiano. Desde las galerías-miradores abiertas, ubicadas en los extremos del edificio, se disfruta de una vista impresionante del valle, y se entiende por qué el rey eligió este lugar para su residencia.
Llegar a este tesoro histórico es sencillo. Desde el centro de Oviedo, una carretera asfaltada conduce hasta aquí, y para quienes prefieren el transporte público, circula el autobús urbano A2. Junto al monumento hay un aparcamiento gratuito. Las visitas siempre se realizan con guía, quien ayuda a desvelar todos los secretos del lugar. La excepción es el lunes, cuando se puede recorrer el edificio de forma independiente y gratuita. Los viajeros individuales no necesitan reservar, pero los grupos de veinte personas o más deben gestionar una reserva. El precio de la entrada es de 5 euros, con descuentos disponibles. La visita guiada dura unos cuarenta minutos y, gracias al límite de 25 personas por grupo, se crea un ambiente íntimo que permite disfrutar plenamente del espíritu del pasado. El horario varía según la temporada, por lo que es recomendable consultar los horarios actualizados antes de la visita.
Santa María del Naranco no es solo un monumento independiente. Es una pieza clave del conjunto de iglesias prerrománicas de Asturias, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad. Junto a la vecina San Miguel de Lillo, San Julián de los Prados y la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, forma un paisaje cultural único. Al visitarla, el viajero entra en contacto con la piedra viva de la historia, percibe la fuerza y la delicadeza de una época ya lejana. Es una joya silenciosa cuyo resplandor no necesita de luces intensas ni de grandes multitudes para ser apreciado.












