
Lejos de las bulliciosas costas y del ajetreo de la capital, en el corazón de la Península Ibérica, existe un paisaje que parece sacado de las páginas de una novela fantástica. Es un territorio donde la geología y la prehistoria se entrelazan en un solo conjunto, ofreciendo a los viajeros mucho más que un simple paseo: es una auténtica inmersión en las profundidades del tiempo. En otoño, cuando el calor amaina y el follaje de los bosques se tiñe de tonos cálidos, recorrer estas tierras se convierte en una experiencia especialmente vívida y en una aventura inolvidable.
Este tesoro se encuentra dentro de los límites del Parque Natural Alto Tajo, uno de los más pintorescos de la región. El principal escultor de estos paisajes es el río Linares. Durante millones de años, sus aguas han tallado pacientemente su recorrido a través de gruesos estratos mesozoicos —areniscas, pizarras y calizas—, dando forma a un relieve singular. Entre la multitud de formaciones geológicas destacan especialmente dos gigantes: El Puntal del Milagro y Peña Eslabrada. Estos monumentales farallones, que recuerdan a torres de un castillo de gigantes en ruinas, se alzan sobre los alrededores como guardianes silenciosos. Sus formas y texturas cuentan la crónica geológica del planeta, grabada en capas de roca sedimentaria.
Muy cerca de estos monumentos naturales se encuentra la cueva de Los Casares, que atesora en su interior una historia aún más antigua. Este yacimiento arqueológico, declarado Monumento Nacional en 1935, es una puerta al Paleolítico. Sus paredes están adornadas con decenas de grabados cuya antigüedad se estima entre 15.000 y 30.000 años. Los artistas prehistóricos representaron con asombrosa destreza escenas de su vida cotidiana: figuras de animales, siluetas antropomorfas y misteriosos símbolos. Estas pinturas rupestres son un testimonio invaluable del surgimiento del arte y la cosmovisión de nuestros antepasados más remotos.
Para descubrir este singular conjunto, se ha habilitado una ruta de senderismo que parte de una zona recreativa acondicionada junto a la cueva, en el municipio de La Riba de Saélices. El recorrido tiene unos diez kilómetros y un nivel de dificultad bajo, lo que lo hace accesible para la mayoría de los visitantes, incluidas familias con niños. El sendero serpentea siguiendo el cauce del río, internándose en el bosque en algunos tramos y abriéndose en otros a espacios despejados con vistas panorámicas de los acantilados. El itinerario incluye varios vadeos poco profundos que aportan un toque de aventura al paseo. Se trata de una caminata tranquila, pensada para la contemplación y la observación de la fauna salvaje del Parque Alto Tajo, especialmente de las rapaces que planean en lo alto del cielo. Conviene señalar que, tras las fuertes crecidas de 2024, algunos tramos pueden haber resultado dañados, por lo que se recomienda consultar el estado actual del sendero antes de salir.
Esta zona impresiona no solo por su aspecto visual, sino también por su valor cultural y educativo. A lo largo del camino se han instalado paneles informativos que ayudan a entender mejor los procesos de formación del relieve y la importancia de los hallazgos arqueológicos del lugar. La abundancia de zonas de sombra y la posibilidad de avistar animales salvajes hacen que el paseo resulte cómodo y entretenido. Al pie de gigantescas formaciones geológicas, en un silencio solo roto por el susurro de las hojas y el canto de los pájaros, el visitante empieza a comprender por qué esta tierra causa una impresión tan intensa, casi sobrenatural.












