
En Adamuz no disminuyen las emociones tras la tragedia ferroviaria. A pesar del frío penetrante y la lluvia prolongada, unas seiscientas personas se reunieron en el pabellón municipal para despedir a las víctimas del terrible accidente. En el recinto, donde hace apenas una semana se socorría a los heridos, ahora reinaba el silencio, solo interrumpido por el tañido de campanas y el aroma a incienso. Allí estaban todos: desde los vecinos sencillos hasta autoridades, equipos de emergencia, policías y familiares de los afectados. Cada uno acudió con su propio dolor y la esperanza de encontrar consuelo en las palabras escuchadas.
Entre los asistentes había quienes no lograron entrar y permanecieron bajo la lluvia, siguiendo la ceremonia a través de las puertas abiertas. “Nunca habíamos vivido algo tan aterrador en nuestra ciudad”, reconocía un vecino sin ocultar las lágrimas. En la multitud se veían abrazos, llantos e incluso sonrisas contenidas: algunos se reencontraban con aquellos que el destino les juntó en los momentos más difíciles. Ese día, en Adamuz no había extraños: todos se sentían miembros de una misma familia, unida por el impacto de la tragedia.
Héroes y reconocimientos
Especial atención acaparó la historia de un joven de Adamuz que salvó a uno de los pasajeros gravemente heridos. Muchos lo llamaron héroe, aunque él rechazaba ese título, asegurando que solo quiso ayudar. La familia del rescatado llegó para agradecerle en persona, sin poder contener las lágrimas. “Sacó a mi sobrino del vagón cuando todo era un caos”, contaba la tía del herido, señalando que aún sigue en la UCI pero evoluciona favorablemente.
En la sala no cesaban las palabras de agradecimiento hacia todos los que no permanecieron indiferentes aquella noche fatídica. Los vecinos recordaban cómo toda la ciudad se volcó para ayudar, sin esperar instrucciones. «Nos sentimos orgullosos de lo que hicimos», se decían unos a otros, como si intentaran convencerse de que incluso en esta tragedia hubo espacio para la bondad humana.
Conflicto y emociones
Sin embargo, no faltaron momentos de tensión. Antes del inicio del oficio, el obispo de Córdoba (Jesús Fernández) expresó públicamente su pesar por no haber permitido el acceso inmediato de los sacerdotes al lugar del desastre tras el accidente. Según él, en ese momento reinaba una completa confusión y ni las autoridades ni la Iglesia estaban preparadas para una prueba así. Esta declaración generó reacciones encontradas entre los presentes, ya que muchos esperaban una mayor transparencia y apoyo por parte de las autoridades.
El pastor de la iglesia local recordó a los congregados la importancia de la compasión y la solidaridad, comparando lo ocurrido con la parábola del buen samaritano. Sus palabras tocaron el corazón de muchos, aunque no lograron disipar por completo la tensión que se percibía en el ambiente. Ese día en Adamuz se enfrentaron no solo el dolor y el luto, sino también las preguntas que, por ahora, siguen sin respuesta.
Autoridad y lágrimas
En las primeras filas se sentaron altos cargos: el presidente del parlamento de Andalucía, los consejeros del gobierno regional, la alcaldesa de Córdoba y los regidores de los municipios vecinos. Su presencia subrayaba la magnitud de la tragedia, aunque no todos encontraron palabras para expresar su pésame. Algunos de ellos se dirigieron al público por primera vez tras la catástrofe, compartiendo impresiones personales y relatando encuentros con las familias de las víctimas y los rescatistas.
El discurso del presidente de la provincia fue especialmente emotivo: confesó haber visto cómo los bomberos, al regresar del lugar del siniestro, no podían contener las lágrimas. Destacó que la labor de los servicios de emergencia fue invaluable y que los habitantes de la ciudad demostraron una unión y entrega excepcionales. Estas palabras provocaron una nueva oleada de aplausos y lágrimas entre los asistentes.
Memoria y esperanza
La ceremonia terminó entre el tañido de las campanas y una oración por las víctimas y heridos. El obispo recordó que toda Andalucía está sumida en el luto, pero insistió en no olvidar el amor y el apoyo capaces de superar cualquier límite. Llamó a no perder la esperanza y a mantener viva la memoria de quienes se han ido, como el mayor regalo del destino.
Ese día en Adamuz nadie permaneció indiferente. Cada uno se llevó consigo una parte del dolor ajeno y la esperanza de que algo así no vuelva a ocurrir. Sin embargo, las preguntas sobre las causas de la tragedia y la actuación de las autoridades siguen sin respuesta, y la ciudad continúa viviendo a la espera de cambios.












