
A finales de noviembre de 1985, en Euskadi, se produjo una serie de trágicos acontecimientos: en apenas dos días fueron asesinados varios miembros de las fuerzas de seguridad. Estos crímenes conmocionaron a la sociedad local y marcaron el inicio de un movimiento único que transformó la respuesta al terrorismo político. Al día siguiente de otro atentado, alrededor de doscientas personas, en su mayoría jóvenes, se reunieron en la plaza Circular de Bilbao. Allí permanecieron en completo silencio, en señal de protesta contra los asesinatos. Así nació la historia de Gesto por la Paz: el primer movimiento masivo contra la violencia en la región.
La idea surgió en el colegio católico Escolapios, donde un grupo de jóvenes, sin afiliación política ni religiosa, debatió durante mucho tiempo cómo hacer frente a la ola de terror. Entre los fundadores estaban Imanol Zubero, Txema Urquijo, Itziar Aspuru y Jesús Herrero. Decidieron que tras cada asesinato —sin importar el autor, fuera ETA, GAL o la policía— organizarían una concentración silenciosa de quince minutos al día siguiente.
Desde el principio, los participantes se toparon con incomprensión e incluso hostilidad. Muchos temían manifestarse abiertamente contra la violencia, preocupados por las consecuencias y el rechazo social. Incluso quienes estaban en contra del terrorismo no siempre se atrevían a sumarse a las protestas. Las concentraciones silenciosas generaban incomodidad tanto entre los radicales como entre los ciudadanos comunes y los partidos políticos, ya que el movimiento no diferenciaba entre víctimas y condenaba cualquier forma de violencia.
Expansión del movimiento y nuevas formas de protesta
Durante el primer año, Gesto por la Paz creció hasta contar con veinte grupos en Bilbao y sus alrededores. Para 1990, activistas de Gipuzkoa y Álava se unieron al movimiento, y se creó una estructura de coordinación. En 1992, miles de personas se congregaron en la manifestación anual en la arteria principal de Bilbao, y pronto las acciones comenzaron también en las pequeñas ciudades. Para los participantes, no solo era fundamental tener una presencia masiva en la capital, sino también contar con apoyo a nivel local.
Especialmente destacada fue la reacción social ante los casos de secuestro. En 1993, cuando el empresario de San Sebastián, Julio Iglesias Zamora, fue retenido por terroristas durante 116 días, diariamente se celebraban concentraciones silenciosas frente al juzgado de Bilbao. El movimiento recibió un respaldo amplio en universidades y círculos intelectuales. Fue entonces cuando surgió el símbolo del lazo azul, utilizado por quienes no temían manifestarse abiertamente contra la violencia.
A mediados de los años noventa, Gesto por la Paz contaba ya con cerca de doscientas agrupaciones. En 1993, el movimiento fue galardonado con el prestigioso Premio Príncipe de Asturias, lo que le otorgó reconocimiento internacional. Los activistas enfatizaban que la violencia no refleja la voluntad de la mayoría y que sus partidarios representan solo una pequeña parte de la sociedad.
Conflictos, desafíos y nuevas campañas
Con el auge del movimiento, sus miembros comenzaron a enfrentar agresiones y presiones. Tras el secuestro y asesinato del político Miguel Ángel Blanco en 1997 en Ermua, se llevaron a cabo protestas masivas en todo el país. Gesto por la Paz desempeñó un papel clave en la organización de la mayor manifestación en la historia de Bilbao, donde miles de personas exigieron la liberación del rehén.
Sin embargo, la unidad de las fuerzas democráticas pronto se resquebrajó. En el año 2000, tras el asesinato del socialista Fernando Buesa en Vitoria, la sociedad se dividió en dos bloques: los partidarios de la soberanía y los constitucionalistas. Esto también tuvo impacto en la actividad del movimiento, que siguió organizando concentraciones silenciosas a pesar de la presión y los intentos de desacreditarlo.
A mediados de los años 90, Gesto por la Paz inició una campaña contra la llamada ‘guerra sucia’ y abogó por un trato igualitario hacia todas las víctimas de la violencia política. Entre sus lemas destacaban las peticiones de poner fin a los asesinatos y de evitar que la democracia cayera presa de sus propios métodos.
El declive de una era y su impacto en la sociedad
Con el inicio de la década de 2000, la estrategia de los terroristas cambió: empezaron a elegir como víctimas a políticos y figuras públicas reconocidas, lo que provocó protestas masivas. El movimiento siguió organizando concentraciones silenciosas, aunque su influencia fue disminuyendo poco a poco. Tras la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero y el inicio de las negociaciones con ETA, el número de atentados se redujo notablemente.
Algunos activistas que no aceptaron el diálogo crearon su propia fuerza política, pero Gesto por la Paz mantuvo su lealtad a sus principios. El movimiento se convirtió en un ejemplo de cómo la iniciativa ciudadana puede cambiar la actitud de la sociedad hacia la violencia y demostrar que incluso el silencio puede ser una poderosa arma en la lucha por la paz.












