
En la playa de Luarca, en Asturias, se vivió una escena digna de un thriller científico: apareció varado en la arena un ejemplar rarísimo de las profundidades marinas, el denominado ‘tiburón de hocico tubular’ (Centroscymnus coelolepis). Este ejemplar medía 1,45 metros de longitud y pesaba 18 kilos. Para los vecinos y transeúntes fue un auténtico shock, mientras que para los expertos supuso un hallazgo capaz de cambiar la visión sobre la vida en las oscuras capas del Atlántico.
La razón de la aparición de este inesperado visitante en aguas poco profundas no resultó tan misteriosa como su aspecto. Según los especialistas, el tiburón perdió fuerzas debido a una grave herida: en su cuerpo se detectó un desgarro sangrante que, probablemente, fue causado por un anzuelo de pesca. El animal logró liberarse, pero la herida provocó una hemorragia interna que finalmente le causó la muerte. Sin embargo, fue este trágico hecho el que permitió a los científicos examinar con detalle, por primera vez en mucho tiempo, una especie tan inusual.
Profundidades y misterios
El Centroscymnus coelolepis es una criatura sobre la que se sabe sorprendentemente poco. Normalmente habita a profundidades de hasta 4.000 metros, en zonas de oscuridad perpetua y de una presión capaz de aplastar a la mayoría de los seres marinos. Ni siquiera los investigadores más experimentados llegan con frecuencia a esas regiones. Su aspecto impone respeto: cuerpo robusto casi cilíndrico, piel oscura, vientre plano y una gran cabeza con espiráculos característicos —aberturas por las que absorbe agua para respirar sin necesidad de abrir la boca. Esto le permite permanecer horas reposando en el fondo marino sin gastar energía en moverse.
Especial interés despertó el hecho de que el ejemplar hallado estaba preñado. Durante la necropsia, los especialistas encontraron en su interior doce huevos grandes, cada uno de unos siete centímetros de diámetro. Este tipo de tiburón se caracteriza por la reproducción ovovivípara: los huevos se desarrollan dentro de la madre y luego nacen crías completamente formadas. Este mecanismo permite a la descendencia sobrevivir en las condiciones extremas de las profundidades oceánicas, donde el peligro acecha a cada paso.
Sensación científica
La necropsia realizada por el equipo de biólogos resultó ser una verdadera sensación para la comunidad científica. Dentro del tiburón encontraron no solo embriones en desarrollo, sino también un hígado enorme, que representaba casi un tercio del peso corporal. Este órgano es vital para los depredadores de aguas profundas: acumula grasas y les proporciona flotabilidad, permitiendo al animal equilibrarse entre las distintas capas de agua. Hallazgos como este son sumamente raros, ya que la mayoría de los ejemplares de esta especie mueren a profundidades inaccesibles para el ser humano.
El interés por el hallazgo surgió no solo entre científicos españoles, sino también internacionales. Las causas de la muerte, las características de la reproducción y la fisiología de Centroscymnus coelolepis se discuten en conferencias internacionales. El aspecto inusual del tiburón, su tamaño y su anatomía interna se han convertido en objeto de minuciosos estudios. Para muchos especialistas, esta es una oportunidad única de acceder a datos inéditos sobre la vida en los rincones más inexplorados del océano.
Vida después de la muerte
Tras finalizar todos los estudios, el cuerpo del tiburón, su hígado y los huevos encontrados fueron entregados al centro científico y educativo local, el «Parque de la Vida» (Parque de la Vida) en Luarca. Allí, cualquier persona podrá observar a este raro habitante de las profundidades y descubrir más sobre los misterios que esconde el Atlántico. Se espera que la exposición sea una de las más visitadas de la región, ya que hallazgos de este tipo ocurren apenas una vez por década.
El caso del tiburón que apareció en la costa vuelve a recordarnos la fragilidad de los ecosistemas marinos y cuán poco sabemos sobre la vida bajo el agua. Cada episodio de este tipo no solo constituye una noticia científica, sino también una oportunidad para reflexionar sobre el impacto humano en el océano y sus criaturas. Quizás, encuentros así con lo desconocido sean el impulso que necesitamos para nuevos descubrimientos y para cuidar mejor del mar.












