
Entre los tesoros de la historia joyera francesa destaca una pieza excepcional: el broche de diamantes en forma de lazo que perteneció a la emperatriz Eugenia de Montijo. No es solo una joya, sino una obra maestra del siglo XIX que asombra por su flexibilidad y el juego de luces que desprende. Recientemente, el Louvre, decidido a recuperar este patrimonio nacional, no reparó en gastos y pagó casi once millones de euros por ella en una subasta de Christie’s. Hasta ese momento, la reliquia había permanecido durante décadas en una colección privada, oculta a los ojos del público.
El artífice de esta maravilla fue el joyero personal de la emperatriz, el parisino François Kramer. Utilizó piedras de talla europea antigua para crear una composición de gran complejidad. El broche tiene forma de lazo con dos cintas entrelazadas, de las que cuelgan dos borlas y cinco cascadas móviles. Este conjunto deslumbrante está compuesto por 2.438 diamantes blancos y 196 rosas, engastados en una base de plata y oro. Fabricada alrededor de 1855, la joya contaba con un alfiler desmontable y se guardaba en un estuche de cuero rojo con la orgullosa inscripción: “Diamantes de la Corona de Francia”.
Originalmente, esta joya formaba parte de un lujoso cinturón compuesto por más de cuatro mil piedras de la tesorería de la corona francesa. Eugenia de Montijo, de origen español y convertida en emperatriz de Francia tras casarse con Napoleón III en 1853, se destacaba por su gusto vanguardista y su pasión por los diamantes. A menudo modificaba sus joyas para mantenerse al ritmo de la moda. Así sucedió también con este cinturón, creado para la Exposición Universal de 1855. Más tarde, la emperatriz lució esta pieza en un baile en Versalles, celebrado en honor a la visita de la reina Victoria del Reino Unido.
En 1864, Eugenia ordenó desmontar el cinturón, pero puso una condición especial: conservar y transformar el magnífico lazo en un broche independiente. Tras la caída del imperio en 1870, la emperatriz huyó a Inglaterra, pero las joyas de la corona, incluido este broche, permanecieron en el tesoro estatal. En la famosa subasta de 1887, cuando las autoridades francesas vendieron los tesoros de la corona, el lazo fue adjudicado por 85.000 euros. Lo adquirió el joyero Émile Schlesinger para la millonaria estadounidense Caroline Astor.
A principios del siglo XX, la joya cambió nuevamente de dueño. El duque de Westminster la adquirió como regalo de bodas para su hija. Así, el broche permaneció durante muchos años en manos de la aristocracia británica. Solo en la década de 1980 volvió al mercado, al ser vendido a un joyero de Nueva York. En 2015, tras varias subastas, el Louvre finalmente recuperó la obra maestra para Francia, pagando más de 10 millones de euros. Hoy en día, el broche de la emperatriz Eugenia se exhibe en la Galería de Apolo, donde sigue cautivando a los visitantes con su brillo e increíble historia.












