
A principios del verano de 2014, las avenidas del Retiro en Madrid vivían su habitual bullicio: multitudes de gente, colas para conseguir autógrafos y un ambiente festivo en el aire. Entre los asistentes a la Feria del Libro estaban dos estudiantes que, animadas por la oportunidad, decidieron acercarse a Joaquín Sabina con la esperanza de una breve charla. Sin libro, pero con ilusión de conseguir una entrevista, se aproximaron al músico. Sin embargo, sus intentos de obtener un contacto para seguir conversando no tuvieron éxito: Sabina, sonriente, las remitió amablemente a su representante. Para una de ellas, ese momento sigue siendo una historia personal que conserva hasta hoy.
Sabina hace tiempo que es parte de los recuerdos familiares de la autora. Sus canciones sonaban en el coche de sus padres, acompañando los viajes y las discusiones infantiles con su hermano sobre el significado de las letras. Melodías conocidas desde la niñez se mezclaron con la vida cotidiana, mientras las letras quedaban grabadas en la memoria. Por eso, cuando surgió la oportunidad de asistir a uno de sus conciertos, la decisión fue instantánea, a pesar del precio de las entradas y los largos meses de espera.
Noche de despedida: emociones y ambiente
En otoño, mientras Madrid vibraba al ritmo de grandes eventos, el Palacio de los Deportes reunió a seguidores de todas las edades. En el escenario, Sabina —sobrio, algo cansado, pero auténtico—. En el público, personas para quienes su música es la banda sonora de sus vidas. Juntos cantaban versos conocidos, rememorando el pasado y disfrutando cada nota. Fue el primero de una serie de conciertos de despedida en la capital, y todos sabían que el artista se iba, pero su música permanecería.
La atmósfera dejó una impresión especial: una mezcla de alegría y una ligera melancolía. El público apoyaba al músico, pero en el aire flotaba una sensación de despedida. Tras los acordes finales, la sala se vació rápidamente, sin dar tiempo para reflexionar ni para el regusto del momento. La ciudad seguía con su rutina mientras los asistentes al concierto se dispersaban, comentando no solo la actuación de Sabina, sino también otros acontecimientos de la noche.
Memoria y esperanza de un nuevo «hola»
Para el autor, aquella noche no fue solo un concierto, sino el inicio de nuevos recuerdos. A pesar del tono de despedida de la actuación, queda la esperanza de futuros encuentros, aunque sea en otro formato. Sabina, al igual que sus canciones, sigue uniendo generaciones y nos recuerda que la verdadera música nunca desaparece del todo.











