
En 1888, Barcelona se convirtió en sede de la Exposición Universal y la ciudad buscó demostrar su modernidad y ambición. Para recibir a los invitados y delegaciones, se decidió construir un hotel grandioso que no sólo debía servir de residencia temporal, sino también convertirse en un símbolo arquitectónico de una nueva era.
El proyecto fue encargado al arquitecto Lluís Domènech i Montaner, quien asumió el reto con una rapidez extraordinaria. La construcción comenzó en diciembre de 1887 y, en tan solo 53 días, el edificio estaba prácticamente terminado. En sólo 83 días, más de 400 trabajadores laboraron día y noche para que todo estuviera listo para la inauguración de la exposición. En el propio lugar se instalaron talleres temporales donde se fabricaban elementos decorativos y estructuras directamente en la obra. Incluso por la noche no se detenían los trabajos — la iluminación eléctrica permitía mantener el ritmo sin pausa.
El Gran Hotel fue construido en el terreno situado entre los actuales barrios de Drassanes y Barceloneta, cerca del puerto. Este emplazamiento facilitaba el acceso a los visitantes que llegaban por mar. El edificio ocupaba una superficie de más de 5.000 metros cuadrados y su fachada de seis plantas llamaba inmediatamente la atención por su aspecto moderno, anticipando el estilo modernista.
En la construcción se emplearon madera y hierro, lo que permitió acelerar el proceso y reducir los costes. Las fachadas se revistieron con estuco que imitaba la piedra y se adornaron con motivos geométricos y vegetales. En el interior se dispusieron 600 habitaciones, un amplio restaurante con capacidad para mil comensales, salas de reuniones, vestíbulos y terrazas con vistas al mar. Para la iluminación se utilizaron tanto gas como electricidad, lo que representaba una innovación tecnológica para la época.
El hotel rápidamente se convirtió en el centro de la vida social de Barcelona. Por sus habitaciones pasaron personalidades reconocidas, empresarios y periodistas, y sus interiores y fachadas aparecían frecuentemente en postales y periódicos europeos. El edificio alcanzó fama más allá de las fronteras de España, convirtiéndose en símbolo del progreso técnico y de la osadía arquitectónica.
Sin embargo, el destino del hotel estaba decidido desde el principio. Fue concebido como una construcción temporal, pensada únicamente para el periodo de la exposición. Tras concluir el evento, se debatieron opciones para conservar o trasladar el edificio, pero los cálculos económicos demostraron que no era rentable. Ya el 1 de mayo de 1889, poco más de un año después de su inauguración, comenzó su desmantelamiento. Todos los materiales se vendieron para ser reutilizados y, pronto, no quedó rastro de la grandiosa estructura.
Hoy en día, la zona portuaria de Barcelona luce completamente diferente. El lugar donde antaño se alzaba el hotel se transformó por completo tras las grandes remodelaciones del siglo XX y la preparación para los Juegos Olímpicos. Del antiguo gigante solo quedan fotografías, documentos de archivo y recuerdos de quienes vivieron aquella época. La historia del Gran Hotel recuerda cómo el afán de innovación y el deseo de asombrar al mundo pueden dar origen no solo a grandes logros, sino también a símbolos de época que terminan desapareciendo.











