
Durante la Guerra Civil española, el metro de Madrid se convirtió no solo en una arteria de transporte, sino en un verdadero refugio de vida y supervivencia para miles de habitantes. Las estaciones y túneles, construidos en 1917, quedaron en el epicentro de los acontecimientos: aquí la gente se protegía de los bombardeos aéreos, se transportaban municiones y alimentos, y también se alojaban unidades militares. Bajo la amenaza constante, el metro funcionaba las 24 horas y su papel en la ciudad cambió radicalmente.
La gestión del metro en ese periodo pasó a manos de un consejo obrero formado por representantes sindicales. Tras la nacionalización, el antiguo consejo de administración fue disuelto y las decisiones clave quedaron en manos de nuevos responsables, empeñados en mantener el funcionamiento del sistema a pesar de la devastación. En los primeros meses de la guerra, comenzaron las denuncias internas y las purgas: los empleados sospechosos de simpatizar con los adversarios de los republicanos eran despedidos o llevados a juicio. Muchos de ellos recibieron condenas reales, aunque no se dictaron penas de muerte.
Con el regreso al trabajo de los empleados despedidos previamente por participar en protestas y con la incorporación masiva de hombres al ejército, nuevas caras empezaron a poblar el metro. Las mujeres asumieron cargos clave: no solo vendían billetes y verificaban abonos, sino que también conducían trenes, atendían estaciones y desempeñaban funciones técnicas. Algunas de ellas, como Julia Jiménez Sáez, manejaban convoys que transportaban tanto pasajeros como material militar. Al terminar la guerra, muchas de estas mujeres fueron víctimas de represión.
Explosiones y catástrofes: tragedias bajo tierra
Las acciones militares provocaron que algunas líneas quedaran cerradas al público y que ciertas estaciones se emplearan como almacenes de municiones. Especialmente trágica fue la explosión en la estación de Lista en enero de 1938: el local donde se guardaban proyectiles de artillería quedó totalmente destruido. El número exacto de víctimas sigue siendo motivo de debate: según diversas fuentes, las muertes pudieron oscilar desde varias decenas hasta un millar. La explosión fue tan violenta que la onda expansiva llegó a las zonas céntricas de la ciudad y los daños afectaron incluso a los mercados callejeros.
Otro episodio trágico fue el accidente entre las estaciones Goya y Diego de León en noviembre de 1937. También hubo víctimas mortales, pero debido a la censura militar, nunca se publicaron cifras oficiales. En ambos casos, el metro se utilizaba para el transporte de material bélico, lo que lo convertía en un objetivo potencial para sabotajes y catástrofes accidentales.
El metro como refugio: vida entre túneles
Los constantes bombardeos obligaron a miles de habitantes a buscar refugio bajo tierra. Las autoridades permitieron utilizar las estaciones solo como albergues temporales, pero muchas familias que habían perdido su vivienda permanecieron allí durante semanas. En los andenes aparecieron improvisados lugares para dormir, y la gente traía consigo alimentos y artículos de primera necesidad. Pronto las autoridades comenzaron las redadas: mujeres y niños eran entregados a los servicios sociales, mientras que los hombres en edad de reclutamiento eran enviados al frente. Aquellos que se ocultaban de la justicia eran detenidos y puestos a disposición de la policía.
En medio del caos y la escasez de recursos, en el metro surgió toda una subcultura. Por ejemplo, apareció la llamada “mafia de las boinas”: personas vendían gorras en la entrada para que cualquiera pudiera hacerse pasar por militar y viajar gratis. Como resultado, los ingresos del metro cayeron drásticamente y pronto se introdujo la obligatoriedad de pagar el viaje para todos, sin importar la vestimenta.
El legado de la guerra: páginas olvidadas de la historia
Los años de la guerra fueron para el metro de Madrid una época de pruebas y cambios. El suburbano no solo salvaba vidas, sino que se convertía en escenario de lucha, en lugar de tragedias y gestos de solidaridad humana. Muchos episodios de aquella época siguen siendo poco conocidos, y solo ahora, gracias a nuevas investigaciones y a los testimonios de testigos, empiezan a salir a la luz las historias de quienes trabajaron y vivieron bajo tierra.











