
Se avecina una tormenta política en Andalucía: los socialistas se preparan para nuevas elecciones regionales, mientras su líder, María Jesús Montero, se ve obligada a desempeñar varios roles clave. Tras el fracaso electoral en Extremadura y una serie de escándalos vinculados a antiguos cargos del partido, el ánimo en la filial andaluza del PSOE dista mucho de ser optimista. Muchos militantes admiten que, si logran repetir los 30 escaños obtenidos en 2022, ya será considerado un éxito.
La situación se complica aún más por las investigaciones en curso sobre casos de corrupción y acoso, que implican a ex personas de confianza del presidente Pedro Sánchez. Nadie sabe hasta dónde llegarán estos procesos ni cuál será su impacto en el resultado de los próximos comicios. Dentro del partido reina la inquietud: es imposible predecir si la situación podría empeorar aún más tras las votaciones en otros territorios como Aragón y Castilla y León.
Cambio de liderazgo
En este contexto, los socialistas andaluces han decidido apostar por una nueva candidata. Tras la victoria de Susana Díaz en 2018, que no le permitió mantener el poder, y la reducción a 30 escaños de Juan Espadas en 2022, ahora le llega el turno a Montero. Sin embargo, las últimas encuestas no auguran una victoria fácil: según el Centro de Estudios Andaluces, el partido podría quedarse con solo 25-28 escaños y cerca del 21% de los votos. Para una formación que gobernó la región durante casi cuatro décadas, esto supone una auténtica catástrofe.
Dentro del partido prefieren no publicar sus propias previsiones, destacando que la diferencia con el Partido Popular (PP) en el voto directo es menor que en los cálculos finales. Anteriormente, el análisis lo realizaba Antonio Hernández, pero tras su dimisión por el escándalo, el equipo se quedó sin su habitual estratega.
Cinco ejes principales
Montero ocupa simultáneamente varios cargos clave: es vicepresidenta, ministra de Hacienda, vicesecretaria federal del PSOE, líder de la sección andaluza y candidata a la presidencia de la comunidad autónoma. Esta configuración se eligió para evitar nuevos conflictos internos tras la salida de Espadas y la falta de una figura de consenso. Montero no buscaba este papel, pero resultó ser la única opción que satisfacía a todos.
Al quedarse en Madrid, mantuvo su influencia y la capacidad de defender los intereses de la región a nivel nacional. Sin embargo, ahora debe hablar más sobre política federal, lo que no siempre le beneficia: los escándalos en el gobierno central se asocian automáticamente con ella, y no solo con los asuntos andaluces.
Doble responsabilidad
Montero planea permanecer en el gobierno hasta que el presidente regional Juan Manuel Moreno anuncie la fecha de las elecciones. A principios de año, tiene previsto presentar el proyecto de presupuestos y proponer una reforma del sistema de financiación autonómica. Según sus colaboradores, resolver con éxito estos asuntos podría darle más puntos en Andalucía si consigue mejores condiciones para la región.
En una entrevista radial, Montero destacó que su labor en el gobierno beneficia ante todo a Andalucía. Sin embargo, esto le ha valido críticas de sus aliados de coalición: el líder de los republicanos catalanes, Oriol Junqueras, la acusa de priorizar la campaña regional sobre sus obligaciones ministeriales.
Ventana de oportunidad
Montero está convencida de que el deterioro de los servicios públicos, especialmente en sanidad, abre una oportunidad a los socialistas para recuperar el poder en la región. Sin embargo, la mayoría de los expertos considera más probable que el actual presidente pierda la mayoría absoluta, antes que una victoria del PSOE. Según una amplia encuesta, más de la mitad de los habitantes están descontentos con la gestión del gobierno y con el propio Moreno.
El principal reto para Montero es movilizar a los votantes que en 2022 se quedaron en casa. Entonces, los socialistas solo obtuvieron el 24% de los votos, pero al año siguiente, en las elecciones generales, su apoyo en Andalucía creció al 33%. Es precisamente sobre esa reserva de medio millón de votos que confía el equipo de la candidata.
Temores internos
Dentro del partido crece la preocupación: muchos temen que, si el resultado electoral es peor de lo esperado, pueda desencadenarse una crisis interna. Algunos incluso hablan de una posible “catástrofe interna” en la delegación andaluza del PSOE. Sin embargo, según los más escépticos, si el partido cae hasta los 26 escaños, las consecuencias serán igual de graves para todos, sin importar el cargo que ocupen.












