
En la zona industrial de Badalona, a las afueras de Barcelona, ha surgido un enclave inusual. Aquí, en el interior de un antiguo centro educativo, más de cuatrocientas personas procedentes de distintos países africanos viven desde hace dos años. A pesar de la constante presión por parte del ayuntamiento, este lugar se ha convertido en el único refugio para muchos.
En su día, el edificio estuvo vacío, pero tras una serie de trágicos sucesos e incendios en almacenes cercanos, empezaron a llegar quienes se quedaron sin techo. Con el tiempo, el espacio se transformó en una pequeña ciudad improvisada: se crearon habitaciones, hay electricidad, agua e incluso un par de pequeños bares donde se reúnen los vecinos. Dentro reina un ambiente propio: existen normas, representantes, y en el patio puede verse no solo a hombres, sino también a mujeres, niños e incluso una cabra preñada.
La vida aquí no es fácil. La mayoría de los habitantes tienen trabajos mal remunerados, algunos de forma legal y otros sin contrato. Encontrar vivienda es una dificultad enorme: la discriminación racial y la falta de documentos impiden alquilar incluso una habitación modesta. La zona donde se ubica este asentamiento es considerada una de las más desfavorecidas de la ciudad, y en Badalona simplemente no existen albergues para personas sin hogar.
Recientemente, el tribunal de Cataluña respaldó la decisión del ayuntamiento sobre el desalojo. Las autoridades municipales, encabezadas por Xavier García Albiol, no tienen intención de hacer concesiones. Se planea instalar en el lugar del antiguo instituto una comisaría para la policía local y regional. Mientras tanto, los propios migrantes han presentado una denuncia contra el alcalde, argumentando que sus declaraciones los vinculan injustamente con la criminalidad. Esperan entablar un diálogo y obtener una alternativa de vivienda, pero por ahora las autoridades no responden.
La policía, por cierto, conoce desde hace tiempo a los habitantes del B9: a veces ayuda a mantener el orden, otras solo observa. Dentro de la comunidad abundan los problemas internos, desde conflictos cotidianos hasta personas con trastornos mentales. Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, el asentamiento sigue creciendo. Algunos que lograron encontrar vivienda regresan para apoyar a sus vecinos.
Con la llegada del frío, el miedo al desalojo solo aumenta. Las personas temen quedarse en la calle sin ningún tipo de apoyo. Para muchos, B9 no es simplemente un refugio temporal, sino la única oportunidad de sobrevivir en España. Por ahora, permanecen unidos y no piensan rendirse.












