
En el corazón esmeralda de la costa de la provincia de Lugo, conocida como A Mariña Lucense, se esconde un lugar que parece sacado de las páginas de una novela fantástica. No se trata simplemente de un bosque, sino de una auténtica catedral natural formada por columnas vivientes que se elevan hacia el azul celeste. Hablamos del Eucaliptal de Chavín, un rincón único de la naturaleza que ya en el año 2000 recibió merecidamente el estatus oficial de Monumento Natural. Aquí, junto a la tranquila y apacible ribera del río Landro, el tiempo parece ralentizarse, permitiendo a cada visitante experimentar la grandeza y la serenidad de estos gigantes. Sus copas se pierden en lo alto de las nubes, creando un curioso juego de luces y sombras sobre el suelo del bosque.
Entre unos seiscientos imponentes troncos que forman este bosque, existe uno al que conducen todos los senderos y hacia el que se dirigen todas las miradas. Los habitantes locales, con visible respeto, lo llaman “O Avó”, que en gallego significa “Abuelo”. Y realmente es el patriarca de este bosque, su corazón latiente. Plantado en el lejano 1880, este gigante ha alcanzado en casi siglo y medio más de 67 metros de altura, y su perímetro en la base supera los diez metros. Su increíble envergadura y venerable edad impresionan profundamente, haciendo que uno se sienta una diminuta parte de un mundo vasto y eterno. El “Abuelo” está justamente incluido en el catálogo de árboles singulares de la región y es considerado la joya principal de este lugar extraordinario, su silencioso guardián.
La historia de cómo surgió este enclave australiano en tierras españolas no es menos notable que su aspecto actual. Todo comenzó a mediados del siglo XIX, cuando un sacerdote y misionero gallego llamado Rosendo Salvado, tras regresar de un largo viaje por un continente lejano, llevó consigo un puñado de semillas de una planta exótica para la región. Decidió realizar un audaz experimento botánico y las plantó en el fértil suelo cercano a su residencia. Para sorpresa de muchos escépticos, las semillas no solo lograron adaptarse. El clima atlántico húmedo y suave, las abundantes lluvias y la ausencia de heladas intensas resultaron ser un entorno ideal para ellas. Así nació la historia del bosque de eucaliptos, que con el tiempo se transformó en uno de los atractivos más impresionantes y reconocibles de toda la costa norte del país.
Pasear por aquí es sumergirse en una realidad diferente, casi de cuento. La ruta diseñada para los visitantes no entraña dificultad y es apta para personas de cualquier condición física; su longitud es de apenas un kilómetro. El sendero, bien acondicionado, serpentea junto al tranquilo cauce del río y un antiguo canal que en su día desviaba el agua de una pequeña presa. A lo largo del camino, además de los imponentes troncos plateados, se pueden admirar pequeñas pero pintorescas cascadas, como el Salto do Can. También aparecen formaciones rocosas cubiertas de musgo, de formas extrañas, como la Pena da Velha, que añaden al paisaje aún más encanto y misterio. El ambiente se ve enriquecido por el canto constante de los pájaros y el suave susurro de las hojas, creando una sensación de plena armonía con la naturaleza.
No es de extrañar que este rincón único acabara captando la atención de expertos de talla mundial. Recientemente, una de las publicaciones internacionales más prestigiosas dedicadas a la geografía y los viajes lo incluyó en la prestigiosa lista de las siete maravillas naturales del reino. Este reconocimiento de alto nivel ha despertado aún más el interés por este paraje protegido, que ofrece a sus visitantes mucho más que una simple ruta de senderismo: una experiencia inolvidable de contacto con la historia viva y la naturaleza en su forma más monumental y majestuosa. Visitar este bosque deja una impresión profunda y permanece en la memoria como un encuentro con algo verdaderamente eterno e inquebrantable.












