
En una de las urbanizaciones del norte de Madrid ocurrió una historia digna de un guion de novela negra. Una conserje mayor, que llevaba años trabajando en un edificio de la avenida Pío XII, se vio envuelta por casualidad en el centro de una sonada investigación al confundir un envío común con un cuadro de Picasso valorado en cientos de miles de euros.
Todo empezó cuando la mujer encontró en la entrada un pequeño bulto que no llamaba la atención. Sin pensarlo, lo llevó al almacén de paquetes, donde quedó olvidado entre cajas y periódicos durante varios días. Nadie podía imaginar que en su interior estaba una de las primeras obras cubistas: un trabajo de Picasso destinado a una exposición en Granada.
Mientras los empleados del centro cultural de Granada intentaban averiguar el paradero de una de las 57 piezas anunciadas, la policía inició una amplia búsqueda. Interrogaron a conductores, revisaron cámaras de seguridad e incluso hoteles en la ruta del transporte. Sin embargo, la solución estaba mucho más cerca: el cuadro había permanecido todo ese tiempo prácticamente al lado del lugar de origen.
Días de tensión y sospechas
Cuando se supo que la obra desaparecida estaba en manos de la conserje, la policía apareció en el edificio. A la mujer y su marido les esperaba un interrogatorio de varias horas, y los especialistas inspeccionaron minuciosamente el almacén donde se guardaba el cuadro, protegidos con trajes especiales. La pareja de ancianos quedó conmocionada: no podían creer que se vieran implicados en un posible robo de una obra de arte.
La situación se agravó por una serie de coincidencias: en los mismos días, París fue escenario de un atrevido robo en un museo y la madre de la mujer falleció, lo que le generó más estrés y distracción. Al final, cuando todo se aclaró, la pareja sintió un gran alivio, pero la incomodidad persistió. Sus nombres aparecieron en los titulares y ahora la portera se niega a recibir paquetes de los vecinos por miedo a malentendidos futuros.
Una vida cotidiana alterada por el azar
Antes de este episodio, la vida de la pareja transcurría con tranquilidad: combinaban su trabajo de porteros con la gestión de un quiosco de prensa, leían los periódicos del día y conocían a todos los vecinos. Ahora, incluso una simple petición para abrir la puerta a un técnico provoca ansiedad en la mujer. Admite que ya no quiere asumir la responsabilidad sobre objetos ajenos.
La obra que originó la polémica resultó ser una pieza pequeña pero valiosa: gouache y grafito sobre papel, reflejo de las primeras exploraciones del artista en el cubismo. A pesar de su tamaño modesto, su valor y relevancia artística la convirtieron en el centro de atención de la policía y los medios.
La historia de este hallazgo sirve como recordatorio de cómo el azar puede trastocar la normalidad y poner en entredicho la reputación de personas comunes. Para la portera de Madrid, este episodio se ha convertido en una lección de cautela y desconfianza incluso ante cosas en apariencia inocentes.












